martes, abril 22, 2008

El señor Mustafa

Fui a pagar el mes de alquiler de Félix al señor Mustafa. Me invitó a entrar en su piso, me sirvió una coca-cola y me dio conversación durante un rato. Pasamos de esto a aquello. Mis conversaciones con los egipcios rara vez no terminan donde siempre: Que si Estados Unidos, que si Europa, que si Israel, que si el Islam.

Circunloquiábamos en inglés sobre el sistema económico, sobre Estados Unidos, un país que él conoce y yo no, cuando empezó a criticar la forma en que trabajan los bancos en Estados Unidos y en Inglaterra y en otros países de Europa como Francia e Italia, quizá España no (dijo para evitar ofenderme).

–Por qué te dan 20.000 y te piden 30.000? y si no se los das a tiempo no te dan más? O te piden 40.000 si te prolongan el plazo?- Se preguntaba retóricamente de forma un poco naif. Y me sorprendía su crítica cuando hacía un momento me había dicho que pedía 7.000 libras al mes (casi 1.000 euros, inalcanzable en Egipto) por un piso que había subido mucho gracias a la inauguración de un gran centro comercial en la zona.

Me dijo que eso, la usura, estaba prohibido por el islam. Que no está permitido en su religión, que si aquí prestan y no lo pueden devolver, hay que esperar y no pasa nada. Pero la usura está prohibida, el islam pide cooperación. Y claro, no me pude contener. Entonces, por qué les estáis subiendo los precios de los alimentos y la vivienda a los iraquíes, que venden todo lo que tienen en Bagdad o Basora por cuatro duros y se refugian aquí, y ven derretirse los ahorros de su vida mientras no encuentran ninguna oportunidad y los egipcios se aprovechan de la situación. Por qué no cooperáis con ellos. Por qué clamáis contra Estados Unidos y Europa mientras les pegáis el sablazo a los iraquíes. Qué hacéis por ellos.

-Es el mercado-, me respondió, -la ley de la oferta y la demanda-.


domingo, abril 20, 2008

Ruski

Un día, caminando por el barrio de Montmâtre, en París, un pintor se me quedó mirando y me ofreció una acuarela sobre la que estaba trabajando. Lo hizo en español, y le pregunté que cómo sabía que yo era español. Su respuesta fue: lo llevas en la frente. Era evidente por alguna razón.

Sin embargo, fuera de Europa las evidencias se difuminan, las caras no están tan claras. Por eso, me han preguntado en alguna ocasión si soy portugués, italiano, francés, turco, americano, mexicano, argentino, griego, egipcio, libanés, israelí o iraní. Y todo ello podría ser comprensible.

Pero el otro día, en la tienda de al lado de mi casa, la dependienta, al notar mi acento extranjero, quería saber si yo era ruso. Y clarrro, al principio casi me muero de risa, luego de preocupación, y unos instantes después, cuando recapacité y vino a mi mente la figura enigmática de Valery, el profesor de ruso cuya dialéctica me empujó (sin él saberlo) hacia la blogosfera (valerianas.blogspot.com) le respondí con simpatía: Ochin Priadna.

Moraleja: Mujerrres!

martes, abril 15, 2008

Atardecer

Decia Heine que sólo por leer el Canto XXIV de la Iliada, la vida merecía ser vivida. Yo nunca llegué tan lejos con la epopeya clásica (aunque les recomiendo como atajo Homero, Iliada de Alessandro Baricco). Sin embargo, sí creo que hay momentos, platos, versos y besos por los que la vida merece ser vivida. Uno de esos momentos se me apereció hace unos días junto a dos viejos y buenos amigos a bordo de una faluca, en un atardecer en el Nilo, en Luxor. Fue lo mejor de un corto e intenso viaje que nos llevó a Abu Simbel a deshoras, que nos saturó de templos y piedras antiguas en un atasco de sabiduría e itinerarios turísticos, fotos y explicaciones a matacaballo que atragantan los ojos y la mente de cualquiera. Quizá por eso, resultó un oasis en mitad de tanto ajetreo montarse en esa barca antigua, remontar las aguas eternas del mítico Nilo y sólo escuchar el ruido de los pájaros, mirar, a lo lejos, las palmeras a contraluz y sólo hablar lo justo y necesario.

lunes, abril 07, 2008

Arena


Oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y arena. El aire de El Cairo tenía ayer ese componente inesperado (con permiso de su majestad, el dióxido de carbono), y además en cantidades exageradas. Me lo habían anunciado, pero una cosa es escucharlo y otra verlo: A veces hay tormentas de arena que sacuden la ciudad y lo llenan todo de esa materia infinita del desierto. Era una niebla que se mascaba y no dejaba ver ni respirar. El sol, a través de este cristal gaseoso, se confundía con la luna. Era como un eclipse permanente. Y El Cairo, además de grande, lento, torpe y perezoso, se volvió amarillo. El Cairo, ayer, era Homer Simpson.

jueves, abril 03, 2008

Cien

Cien y está hecho un chaval, mírenlo (no seré tan presuntuoso como para pedir que lo admiren), con más de un año y medio y ahí se mantiene, como si no pasase nada, como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo, ahí está mi blog.


Creo que el registro no está mal: una media de una entrada cada cinco días y unas 20 visitas cada día, con lectores en los cinco continentes y con una gran cantidad de comentarios que agradezco y que me llenan de ilusión cada vez que abro: K, Agropensador, Shosholosa, Irene, Caesares8, Dertyu, Angela, Emereci, Crapulina, Riquina, Edgar Allan Borch, Fuego Fatuo, Merhaba, Blume, Carlota, Marcella... a todos muchas gracias, porque, la verdad, esos comentarios son la principal fuente de energía (renovable) de este blog que a veces se para durante mucho tiempo, como reposando, y otras se llena de entradas: Unas mejores, otras peores, pero todas con la intención de agradarles lo más posible. Un abrazo allá donde estén desde las antípodas de la veracidad, que hoy están aquí, y mañana allí.

martes, marzo 25, 2008

Primavera

Lo he superado, acabó. Ayer me di cuenta, entre la bolsa de humo que asfixia a la pituitaria en esta gran cámara de gas de El Cairo asomaba una sensación de primavera. Ayer empezaba y ayer noté ese olor más fuerte que tiene la naturaleza desde el 21 de marzo (desde el 1 en Australia, donde también han adaptado la oficialidad de las estaciones). Y esa sensación me recordó que hacía dos años que no lo notaba, y que he tenido un año de invierno y no he muerto en el intento.

Cuando llegué a Australia estaba acabando el verano en Europa (un verano que, en parte, pasé convertido en pleno otoño en Irlanda y Alemania), y allí empezaba mi segundo verano consecutivo. La de Australia es una primavera al cien por cien: un día hace sol y al día siguiente llueven "gatos y perros". Con el tiempo, me di cuenta de que el tiempo en Australia, o más bien en Sydney, era una primavera. O más bien, las horas eran una primavera: Salía el sol un rato y a los cinco minutos podía estar lloviendo.

Y así, pasé un año de verano hasta que en febrero llegó el invierno austral y comenzó ese año de invierno para mí (con las excepciones de una semana de verano japonés y otra de estación seca en Samoa). Al llegar a España el otoño ya empezaba, aunque en Andalucía aún quedaban algunas semanas de otoño más bien primaveroso.

Y así fue como ayer volvieron las cosas a su sitio.

domingo, marzo 16, 2008

El futbol

El viernes, como todos los viernes, fue domingo en Egipto. Y los domingos, todo el mundo lo sabe, hay fútbol. El pasado viernes, o domingo, en El Cairo se enfrentaban El Ahly y el Zamalek, que es la versión egipcia de un Barça-Madrid, un Juve-Milán o un Arsenal-Liverpool.

El Ahly viste de rojo, tono sospechosamente parecido al de Vodafone, y es el equipo del pueblo, el megacampeón egipcio, el equipo con más hinchada, más títulos y más pedigrí. Uno de los más laureados de África, múltiple campeón de la "Champions" africana y asiduo de la Copa Toyota, ese engendro futbolístico, lejano y solo, en el que América y Europa se disputan el cetro del balompié, y que desde hace poco tiempo se maquilla con la asistencia de comparsas africanas, asiáticas, norteamericanas y oceánicas.

El Zamalek tiene atributos regios, pero como aquí la monarquía cayó en desgracia en los cincuenta, el equipo blanco no disfruta de los favores ni las glorias de otros equipos blancos y regios.

Había que llegar al campo con varias horas de antelación. Tiene una explicación sencilla: había mucha policía, bastante diversion, pero poca organización. Si en vez de vigilar el estadio, los militares hubieran decidido invadir Israel, el problema palestino se hubiera acabado el viernes. Pero aún así, los habituales apelotonamientos egipcios se seguían produciendo con total normalidad: como en el metro, como en los pubs, como en las tiendas. Además, el fondo norte, en el cual me encontraba con mis amigotes, rodeado de seguidores de El Ahly, no tenía escaleras que dividieran la grada en sectores, por lo que llegar hasta el asiento que aparecía en mi entrada se convirtió en una odisea contemporánea.

Las cinco cero cero. A esa hora me hallaba ya en mi sitio, quedaban aún dos horas y media para que empezase el partido, pero los seguidores ya llenaban los fondos, y no paraban de gritar y apoyar al equipo. A las siete y media seguían gritando y apoyando, y así hasta el final. Era como estar rodeado de conejitos de duracell haciendo el biri. Un ambientazo.

Y llegó el pitido inicial. Empezó entonces un partido entre dos equipos tácticamente huérfanos, llenos de buenas intenciones, defensivamente dadivosos pero con anorexia goleadora. El partido era pura inocencia futbolística, como si los pitufos hubieran debutado en segunda B. La primera parte estuvo llena de pifias, piscinazos descarados y excesivo barroquismo en la composición de las jugadas. En la segunda llegaron los dos goles de El Ahly, el menos malo, tras dos fallos circenses de la defensa del Zamalek. Y despertaron a la bestia roja que me rodeaba.

Y así, el partido acabo del lado colorín colorado.

martes, marzo 11, 2008

Mardi Gras VI

Koshari


En su mochila y en su estómago, dejen espacio para uno de esos platos hechos a base de sobras que se pueden calificar como delicia de origen humilde. El koshari les llevará a conocer los secretos de la sencillez y la complejidad de Egipto, un país hecho de restos de otras culturas que como llegaron fueron aceptadas, y como se asentaron se fueron. Es uno de esos platos simples en los que se reconoce un país, que forman parte de un imaginario colectivo sin los cuales no se entiende a un pueblo. Nacido, quizá, de la suma de restos, el koshari junta una base de pasta con una mezcla de arroz y lentejas que le añaden la contundencia de un país que sobrevive a una inmensidad desértica. Se suman unos garbanzos, tan antiguos en esta región como su cultura, y cebolla frita. A todo ello, se añade una salsa hecha a base de vinagre y ajo que le da fuerza, tomate rallado frito y el picor del sol transportado a una guindilla. El resultado es el plato egipcio más autóctono y auténtico. Desde El Cairo, retazos de todas las culturas del Mediterráneo en un país, retazos de todas sus posibilidades culinarias en un plato, en su paladar.

Fronteras

El ascensor bajó y nos subimos los tres. Estaba yo y estaban ellos dos. Ella, Vachinam, mi vecinita de enfrente. Guapa, atractiva, con ropa a la occidental, con vida a la occidental, universitaria, veintimuypocos, con esa indiferencia diabólica y angelical de una adolescente que se sabe bella. Él, Alí, el hermano del portero, vestido con unas sandalias llenas de polvo y cansancio que deberían ser la bandera de Egipto. Alí, con su indiferencia llena de inocencia e incultura.

Los porteros de los portales son una institución aquí, se mueven por las tripas de los edificios, conocen cada palmo, están para lo que haga falta, sin horas, y viven en las primeras plantas, en una especie de cuevas que son más obscenas cuanto más ostentosas son las viviendas que soportan.

Allí, en ese espacio mínimo, en ese metro cuadrado móvil, tenía la mejor imagen de este país: una chica bella y formada, bien vestida, probablemente inteligente, seguramente viajada, que forma parte del faraónico 5 ó 10 por ciento que vive a la occidental aquí, que aprovecha el boom económico que está teniendo el país en los últimos años; y él, un joven inocente y bonachón y sin nada de nada, al que le afecta ese boom económico que está haciendo que los productos básicos suban de un precio que para mi sueldo aquí son céntimos, pero que para ellos es inalcanzable.

Ella salió primero del ascensor, y me dijo “see you” o algo así, a él no le dijo nada porque no existe. Yo imaginaba que él la ha visto desde siempre y desde siempre le ha gustado. Que la mira y la admira desde la cueva cuando ella llega las noches de los viernes, vestida de fiesta, de esa fiesta sólo abierta para occidentales y para los faraones de ese 5 por ciento. Que sube en el ascensor, el único medio de transporte que puede imaginar, para oler su olor, su perfume, su limpieza. E imaginaba que si yo fuera él, seguramente estaría enamorado de ella, aunque sólo fuera por el placer de la esperanza.

Pero creo que no. Creo que es imposible, pertenecen a mundos distintos superpuestos en un mismo pais, y la frontera que los separa impide cualquier pensamiento que los acerque.

jueves, marzo 06, 2008

La peor droga

Llevo un mes en El Cairo. He buscado piso para mí, he buscado piso con mi jefe para él, he buscado oficina para la empresa, he buscado otra vez piso para mí y otra vez oficina para la empresa.

Cansa. Y aquí, que todo es más lento, cansa más. Los egipcios te adulan entre piso y piso para que elijas el suyo. Tratan de convencerte. Y tú sigues buscando. Lo que tiene buen precio es demasiado viejo, lo que tiene buen precio y está bien, está lejos, lo que tiene buen precio, está bien y está cerca, de repente se lo llevan los saudíes que vienen aquí a pasar el verano ofreciendo el doble que tú.

Y de repente, cuando te das cuenta, estás enganchado a seguir abriendo esas cajas de sorpresas que hay detrás de cada puerta. El deseo te puede y te pide continuar, seguir jugando contigo mismo, con la ilusión de que el próximo sea perfecto, con la desilusión de que no lo es y de que tienes que seguir buscando. Y sumas partes de unos con la de otros para hacer el piso perfecto, que como la mujer perfecta o el país perfecto, no existe.

Si el de la calle tal tuviera las vistas del de la calle cual, la cocina del anterior y el baño del próximo, el precio del primero, las condiciones del tercero...y así hasta que te ves enganchado, desequilibrado y cansado hasta límites imposibles.
El que tengo ahora no está nada mal, pero ¿me habré desintoxicado del todo?

lunes, febrero 18, 2008

La kapia

“El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. Suena simple, y quizá cacofónico, pero esta frase de Cervantes me resulta llena de sentido: Leer como forma de ir, de viajar; andar, o viajar, como forma de saber. En estos días, mientras andaba por El Cairo tratando de saber sobre un país tan distinto e incluso sobre mí mismo, a veces paraba a tomar un té y leía Un puente sobre el Drina, del bosnio Ivo Andric, para así poder viajar a la antigua Yugoslavia, al que fue su corazón, Bosnia-Herzegovina, y metáfora de un país imposible.

Andric lleva al lector a un viaje por la historia de una ciudad de provincias de los Balcanes, Visegrad, que se convirtió en la Edad Media en un nudo de comunicación entre Oriente y Occidente, gracias a su puente sobre el río Drina. Nos muestra su crecimiento, la cohabitación, que no convivencia, entre gentes de distintas religiones y orígenes que, sin embargo, tienen en común un modo de vida sosegado y contemporizador en torno del puente y de su kapia, un banco de piedra situado en mitad del mismo al que se acercan los visegradeses, de todas las edades, para tomar el aire fresco y escuchar el transcurrir del agua. El puente es el centro de la vida de la ciudad generación tras generación y el lugar en que se encuentran, a pesar de sus diferencias, o precisamente por ellas. Habla de la Edad Media y sus leyendas en torno del puente, de la formación del Imperio Otomano, las revueltas serbias, el Imperio Austro-Hungaro, las turbulencias previas a la Gran Guerra. Y como van pasando por todos esos cambios y desapareciendo en ellos las generaciones de visegradeses. Y viendo, y viviendo, las enormes diferencias y las grandes similitudes que nos unen y nos separan de los egipcios, me planteo por qué algunos mandamases nos quieren alejar más, enfrentar culturas crecidas junto a religiones más parecidas de lo que se piensa. Por qué no nos dejan que nos sentemos tranquilos en la kapia del mundo mientras vemos juntos el agua pasar y tomamos aire, y nos extinguimos poco a poco mientras otras generaciones llegan.

Puntos rojos

Va para un año (el 26 de febrero) que, movido por la envidia cochina hacia otros blogs, puse un mapa de Clustermaps en Oceanía Directo. Desde entonces me dediqué a contemplar el blog como un astronauta mira la Tierra desde la MIR esperando respuesta. Primero cada día, luego cada semana, al final cada no sé cuántos, se encendían unos pilotitos rojos que me hablaban de lectores en lugares improbables. Me respondian. Incluso hice viajes imposibles con la única finalidad de conectarme a mi blog en lugares remotos y que apareciera, en ese sitio, un pilotito rojo. Así podía comprobar que no era una ficción aleatoria de un programa informático. Y desde entonces, casi 7.000 conexiones han encendido puntos rojos en el mapa en lugares como Canadá, Uruguay, Mauritania, Vietnam, Japón, Marruecos, Suecia, Italia, Paraguay, Bolivia, Estados Unidos, Indonesia, Samoa (ese fui yo), Rusia, Portugal, Angola, Fiji, Sudáfrica, Israel, Egipto, Irán, Cuba, Chile, Australia, Bélgica...

A algunos puntos les pongo cara (algunas veces la mía propia), y a otros no. Pero a unos y a otros les mando un saludo, y un agradecimiento con la esperanza de que estas tonterías que de vez en cuando cuento, cuando afilo mi ironía o desnudo mi estado de ánimo, no les aburran. Porque a mí, personalmente, me hacen comprobar esa extraña magia que tiene sentirse escuchado a lo largo de todo el planeta en una sola vez, como si cada vez que subo una entrada, un mensaje fuese enviado en miles de botellas por todos los mares, y la gente las encontrara.

miércoles, febrero 13, 2008

El Metro

Cuentan que hay un lugar en que las normas de la superficie terrenal y la apacible calma que nos transmiten desaparecen para convertirnos en nuestra peor versión. Es un submundo desconocido y peligroso. De este lugar nos separan sólo unos escalones que nos transportan al más allá de nosotros mismos, a nuestro lado más oscuro.

Al poco de descender y alejarnos de la cotidianidad, al separar nuestros pies del último escalón, una barrera infranqueable ya, nos espera la primera prueba. En una ventanilla nos muestra su cara un caronte monstruosamente aburrido que reparte unos tickets amarillos ante los cuales los viajeros afilan sus armas secretas. Abandonan cualquier vestigio de orden para solicitar su entrada al infierno. Venden su alma por una libra. No vale mirar a los lados, el viajero debe mirar sólo al frente, queda extasiado por una visión unívoca. Ningún otro foco es válido. El que no anda avispado se queda sin viaje y tendrá que esperar eternamente mientras los que van llegando por detrás van obteniendo sus tickets. Llegan como por generación espontánea y se hacen con el que podía ser el billete propio porque no hay cola ni orden alguno.

Después, a grandes pasos, firmes y decididos, el viajero, ya totalmente perdido, se dirige a uno de los varios tornos que vomitan filas de gente cuyo destino está marcado por la lucha sin tregua que acaba de iniciarse.

Bajan las escaleras ya convertidos en turbas de cientos y se preparan para esperar su wagon correspondiente. Da igual el lugar de la espera, por muy largo que sea el pasillo siempre estará rodeado por una gran cantidad de competidores. Y cuando llega el wagon, que le transportará, ya sin alma, a ningún sitio, comienza el climax de la pugna.

Entrar es el primer reto. La fila de wagones se mantiene abierta apenas unos instantes, y en ese breve momento, los que están dentro de los wagones intentan salir al mismo tiempo que los que están fuera intentan entrar. No hay lógica, sólo darwinismo descarnado.

Los cuerpos se funden para entrar y salir, la voluntad del individuo queda anulada porque ahora forma parte de una masa informe que empuja en un sentido u otro. En un momento determinado, las puertas se cierran y abandonan a su suerte a los que quedan en el camino. A partir de ahí, el wagon se detiene todo el tiempo que haga falta en el mismo sitio. Las puertas están acabadas en unas gomas que protegen del golpe. Pero si en vez de gomas hubiese cuchillas, el resultado sería un film gore múltiple e incesante.

Una vez dentro, la situación no mejora. El viajero está sometido a los demás, se deja llevar en volandas por la voluntad creadora de la masa. Y sólo le queda acertar a escapar en el lugar deseado. O quizá sólo le queda acertar a escapar.

¿Quién dijo Tokio? Piensen en el metro de Madrid y sólo verán caballerosidad a expuertas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

El Claxon

Al principio fue un ruido constante y discontinuo, arrítmico, que se clavaba en las sienes. Pero poco a poco ha ido convirtiéndose en una melodía comprensible y cotidiana que explica muchas cosas. Miras alrededor cuando estás al borde de la carretera, como en un burladero que protege de un toro humeante y mecánico, y la anarquía rodante, lenta, ruidosa, adquiere un significado con sus pitidos. También lo ves dentro de los coches, esos milagros a cuatro ruedas que una vez tuvieron algún glamour cuando Europa alcanzaba el éxtasis de su propio milagro, del que guardan una reliquia en forma de matrícula holandesa, alemana, francesa, italiana o española de los 70 camuflada bajo otra egipcia, que los salvó del desguace de Roma, Lyon, Madrid, Rotterdam o Dusseldorf para dar un último servicio aquí. Para formar parte de una melodía comprensible y cotidiana hecha de ruidos constantes y discontinuos que se clavan en las sienes. El piloto cambia la marcha y toca el claxon, gira el volante y toca el claxon, se para y toca el claxon. Y todos los pilotos tocan el claxon. Y quizá esa anarquía rodante, lenta y ruidosa se mueve impulsada por el rebote de las ondas sonoras de unos coches en otros. Porque el claxon es lo único que suena saludablemente en sus carcasas exhaustas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

lunes, enero 28, 2008

El Cairo

Caos. El Cairo es caos, es ruido, gente, olores, mezquitas, iglesias, contaminación y coches, coches y más coches sin sentido ni orden en un big-bang que ni siquiera pueden domesticar las cinco llamadas a la oración que hay durante el día. Ese extraño magma tiene un dominante color amarillo que avisa al visitante de la proximidad del desierto y de su omnipresencia en el país más antiguo del mundo. Es también gente por todos sitios y a todas horas, noches que suceden al día sin que nada cambie y sin que el caos se relaje. Es una ciudad que exige una atención continua para sobrevivir a ella y para no perderse lo mejor de sus contradicciones y la convivencia del pasado, el futuro, el condicional y el pluscuamperfecto en un presente sin orden ni concierto ni ton ni son ni yin ni yan.

I Republica

El pasado viernes por la noche comencé a vivir en Egipto. Esto significa que, entre otras muchas cosas, tras el cámelot monárquico holandés, la esquizofrenia coronada de Bélgica, la profilaxis regia española y la lejana proximidad australiana con su inteligente (quién lo iba a decir) pertenencia a la Commonwealth (cuestión para tratar en otro post: si queremos un rey...¿por qué no nos unimos a la Commonwealth y que lo paguen los ingleses?). Me perdía, tras todo eso, voy a vivir por fin en una república. Mi primera república. Y empezaré a contarles a partir de ahora mi nueva vida aquí. Es una república de aquella manera: Gobierna el mismo jefe de Estado (Hosni Mubarak) desde los setenta, su “delfín” es su hijo, y a diferencia de los otros cuatro países la democracia está en pañales. No es una república muy ejemplar pero....es que es mi primera vez, tampoco podían esperar que me fuese a Francia, ¿no?

Mardi Gras 5

Salmorejo


En su mochila y en su estómago, hagan hueco a la simplicidad culinaria y el esplendor gastronómico del salmorejo. Retornen a la vida media barra de pan duro de varios días y enriquézcanlo con un poco de agua. Escurran el agua y llévenlo a florecer a un recipiente junto a un diente de ajo, sal, un chorreón de aceite de oliva y otro de vinagre. Añadan tres o cuatro tomates pequeños y más bien maduros, una vez pelados. La batidora hará el resto. En unos minutos, el puñado de ingredientes se habrá convertido en un plato capaz de conquistar cualquier resistencia: sencillo, contundente. Inmejorable para el verano. Añadan el rojo de los taquitos de jamón serrano y el blanco de la clara de un huevo duro. Así tendrán un pequeño viaje visual a la cuna de este plato: Córdoba, cuyo icono más simbólico son los arcos de medio punto de una mezquita que es catedral al mismo tiempo. Arcos de ladrillo rojo y blanco. La yema del huevo recordará a un sol siempre presente en la ciudad omeya, que les hará pedir a su paladar degustar, una vez más, este plato. Desde Córdoba, estrechas calles blancas y atardeceres rojos en su paladar.

miércoles, diciembre 05, 2007

Vuelvo al blog

Vuelvo al blog. La última vez que escribí, salía de Australia. Han pasado muchos kilómetros y algunos países. Holanda y Bélgica fueron un colchón emocional entre la vida acabada en Sydney y el regreso a Córdoba. De paso, uní en dos semanas todas las que han sido mis ciudades: salí de Sydney, pasé por La Haya, cené en Bruselas, llegué a Madrid, regresé a Córdoba y terminé en Sevilla. Los reencuentros fueron llegando, siempre saben a poco. De ahí a Nápoles, de ahí a Estambul una semana. Granada, Valencia, Cuenca...Y acabó el misterio de la segunda fase. Firmé el acuerdo sobre la bocina, cuando se acababa el tiempo que el Icex nos había dado con su amenaza de convertirnos en exbecarios. Viviré un año en El Cairo.

Allá les espero.

Estambul

Los cinco sentidos son víctimas de Estambul, o más bien aliados. Estambul, afirma Arantza, entra por los cinco sentidos. Tiene olores a especias y a antigüedad, sabores a mediterráneo e islam, lleva a las pupilas épocas de todos los sabores, a los oídos llamadas a la oración al atardecer y cantos de celebración y protesta y ruidos, ruidos, ruidos. Su tacto, sin embargo, no se puede describir.

Pasé una semana bien rodeado entre amigos y vestigios de civilizaciones antiguas. Hablamos de Australia, Angola, Chile y todo lo que pudimos de Turquía. Especulamos con su política, atravesamos el Bósforo. Atardecimos frente a las mezquitas y desayunamos junto a antiguas iglesias. Andurreamos a lo largo y a lo ancho de esta ciudad que cierra Europa y abre Oriente. Nos planteamos los siguientes viajes, para no parar, porque de eso se trata, ¿no?

Napule

Napule, Napoli, Nápoles, Naples. En cada idioma un nombre para una ciudad indefinible, un galimatías urbano. Nápoles, la ciudad-volcán, que vive amenazada por sí misma, que asfixia a veces a sus gentes, que encanta al extranjero, que es un terremoto en potencia, un tsunami de lava en potencia, una lluvia de ceniza en potencia. Que hay que visitar ahora, porque vive en el ahora y porque no se sabe qué habrá después. Que tiene un brillo indefinible, difícil de captar para muchos, imposible de olvidar para cualquiera.

Marcella y Jessica se quejan de la falta de perspectivas en Nápoles, al tiempo que reconocen entre líneas su fascinación por su ciudad. Susana, bilbaína napolitanizada, habla con alegría de cómo la ciudad la ha cambiado, de cómo se ha metido en ella, la ha hecho más alegre. Tratamos de entender la ciudad, divagamos sobre su luz y sus sombras, extranjeros y locales, al tiempo que una lluvia atroz anuncia un bello día de boda unas horas más tarde. Disfruto de un tráfico circense, de unas conversaciones llenas de una sabiduría irónica y pesimista local de las que me empapo. Me lleno los oídos de músicas alegres llenas de melancolía que hablan de que pensamos que estamos bien para no ponernos tristes.

Leo como Peppe Lanzzeta, en su Tropico di Napoli, intenta mostrar el espíritu cautivador y cansino de la ciudad a través de un trainspotting napolitano con una sobredosis de Almodóvar que recoge la epopeya cotidiana de sus gentes. Sus miserias, sus grandezas. Exagera bocetos de su mediterraneidad, su italianidad, su españolidad. Atrapa como atrapa la ciudad.

Me despido de Nápoles después de dos días magníficos que me hacen reencontrarme con una ciudad que me cautivó hace mucho tiempo. Le digo hasta pronto, estoy seguro de que volveremos a vernos. Les deseo lo mejor a Sergio y Valentina, causa primera de mi visita, hastapronteo con Marcella. Descubro a Jessica, Susana y Barbara. Me voy con el estómago lleno de manjares, con la vista llena de anarquías individuales, con el espíritu repleto.

Me voy a Estambul.