viernes, julio 18, 2008

Aquel verano

Un autobús hacia Madrid con Olga y Eva, a deshoras, que despedía la etapa universitaria. Paseo por la capital con Irene, Mari Carmen y Lucas. Cena en un gallego. Zapatilla gigante de lacón con queso. Avión tempranero a Roma. Vuelo con la Thai. Llegada a Fiumicino. Todos en casa de Chiara. La Fontana de Trevi. Foto a las cinco de la mañana. Domingo en Ostia. Pizza italiana, Piazza Navona. Sablazo. Reencuentro en Termini con Marcella. El Coliseo, el Vaticano y el Trastevere. “Qua la Padania, qua la terrugna”, humor de Francesca y Benedetta. Insulto de Eva en la Parolaccia. Viaje a Nápoles. El Café del Professore, el Maschio Angiolino, Pompeya, el Vomero. Comida en el Nennella. Concierto de Gotan Project. O surdatto ‘Nnamurato. Llegada por los pelos al tren de Eva y Olga. Historias de Florencia y Nápoles. Rumbo al confín calabrés. La parrapa taxista, el apartamento perdido: noche en la calle. Casa junto a la playa, Mateo, Paco y Juanpe. El Padrone. Organización andaluza: éxito total. Las papas al vino y el cazzo di pizza. Martín Martak y el bestiale sulla spiaggia. Botellones en la playa, guitarra y cantos internacionales. Il bello ragazzo e le belle ragazze. Caffé scecheratto a las cinco de la tarde. Llegada de Lande y Mercedes y Francesco el vacatoro. La troia egiziana scoppando sotto la pirámide. Viaje express a Taormina con Mari Carmen. Dia en Palermo. El tren que se mete en un barco. Último botellón playero. Regreso a Nápoles. Españoles en los Barrios Españoles. Regreso a Roma...

Eva me contaba que habló con Mateo. Aquel verano de 2003 había sido el mejor verano de su vida. Creo que también lo fue de la mía. Y no sabía que en Bruselas me esperaba el mejor otoño. Nostalgia desde Emiratos.

jueves, julio 03, 2008

La copa

Hace dos años mandé un mensaje a Marcella desde Irlanda. Italia acababa de ganar la Copa del Mundo, la cuarta, y yo la felicitaba y le deseaba que disfrutase la fiesta. Era sincero, yo quería que ganase aquella copa Italia después del partidazo de semifinales contra Alemania. Se lo merecían. Y eso, a pesar del trauma generacional que supuso el codazo de Tassoti en el 94. Fui sincero con esa felicitación. También, con un poso de melancolía, le decía en aquel mensaje que a ver cuándo nos tocaba a nosotros, sus queridos españoles, celebrar algo. Ella acababa de regresar de unos meses en Galicia y se ve que había vuelto un poco meiga, porque respondió que muchas gracias y que estaba segura de que pronto también nosotros lo celebraríamos.

Y era cierto. Lo celebré junto a otros españoles dos años más tarde, el pasado domingo, en el Instituto Cervantes de El Cairo. En una noche de alegría y tristeza. Alegría porque la ocasión lo merecía, tristeza porque me iba de Egipto, me alejaba de algunas personas con las que he pasado un tiempo maravilloso, para ir a trabajar a Dubai durante dos meses. Y también por la tristeza de no estar en España en ese momento. Al día siguiente no pude verme en la tele ni en los periódicos, pero salí. Mish munkin.

Dubai

Poco después de llegar y dar orden a mis cosas, pasé junto al balcón y vi un sol gigante poniéndose a lo lejos, en ese punto donde el cielo y el mar se unen. La playa se intuía cerca. Baje a la calle. El calor era aún insoportable. Me encontré grupos de hindúes o paquistaníes o filipinos tirados en el suelo, cansados de una jornada laboral inacabable. Encontré una inmensidad de edificios inmensos todavía a medio hacer. Encontré cochazos. Encontré contrastes. Avancé hacia el mar. Pero hasta las distancias cortas son infinitas en esta ciudad. Al final llegué cerca de la playa. Había una hilera de hoteles gigantes con derecho a atardecer y después otra hilera de villas con más derecho aún. Y yo, lejano, no encontraba el camino para ver el sol y el mar, tapado por los molinos de vientos que son propiedad de los pocos que se pueden comprar una villa en Dubai Marina. Al final encontré un caminito pequeño, pero cuando llegué, el sol ya se había ido. Si es que había existido alguna vez.

Tarde de fútbol

Cuando desvelo mis amoríos futbolísticos, me suelen preguntar acto seguido que cómo es que un andaluz es del Barça. Soy del Barça, y del Betis, y del Recre, y del Cagliari, y del Reggina, del Auxerre, del Nottingham Forest, el PSV...Media Europa tiene mi amor balompédico. Tiene sentido, lo explicaré. Estos días atrás he disfrutado con algunos equipos de la Eurocopa: el baile de Holanda, el juego coral de Portugal, el vilo de España, la fuerza de Turquía...Da gusto verlos jugar. A todos esos sí, al Córdoba, el equipo de mi ciudad, no.

El otro día tocó tarde de fútbol. Última jornada en segunda división. El Córdoba se juega el descenso de categoría en San Sebastián. La Real se juega el ascenso. Está a un punto de descender. Los que vienen detrás van ganando todos. Poco a poco va bajando puestos, pero todavía tiene colchón para salvarse.

Paso más de 40 minutos mirando la pantalla del ordenador. En la página de As, los resultados van cambiando, adaptándose a los goles, y en la clasificación provisional el Córdoba se mantiene por encima del 19, sigue salvándose. En la práctica, me tiro un buen rato mirando unos numeritos que a veces cambian.

Al final del partido, el Córdoba consigue el empate. Sigue siendo el 18 pero el partido del Cádiz no acaba. En la pantalla el As todavía no lo da por finalizado. El Cádiz empata en Alicante, si marca, el Córdoba se va a segunda B.

Cuando todo ha acabado, hablo con mi hermano. Él me lo cuenta como sólo él sabe contar las cosas. La comedia del Córdoba. Todos los años salvándose igual, con malas artes (y hasta aquí puedo leer) y una comedia de fondo. “El partido del Córdoba había acabado, el Cádiz empataba y le pitan un penalti a favor en el último minuto. El Córdoba a la mierda. Y el tío que tira el penalti le pega al palo, el balón rebota en las piernas del portero y se sale fuera. El árbitro pita el final”. Cuenta mi hermano. Yo me parto. Mientras miraba la pantalla no imaginaba la tragicomedia que estaba ocurriendo allá lejos.

El Córdoba nació con vocación de admirar al Betis. Por eso viste igual. Es una caricatura del equipo más estrafalario de España. Así le va. Y luego me preguntan, ¿cómo un andaluz puede ser del Barça? Y cómo no. ¿Es normal que todos los años nos lo hagan pasar tan mal? No es sano para el corazón. Por eso soy del Barça, del Betis, del Recre, del Cagliari, del Reggina, del Auxerre, del Nottingham Forest, del PSV...

miércoles, junio 04, 2008

Una historia real

O. tiene dos compañeros de piso canadienses. Uno es anglófono y el otro francófono, uno cuadriculado y el otro desordenado, uno heterosexual y el otro homosexual, uno judío y el otro experimentador. Los dos están como una cabra. Pero en concreto, el segundo apareció el otro día un poco borracho por una celebración. Se había encontrado con un egipcio que le había preguntado (como todos) que qué pensaba él del islam. El canadiense dijo que le interesaba, y el egipcio le pagó un taxi (raro) para llevarlo a una mezquita e hicieron una ceremonia de iniciación. Los egipcios le hacían repetir una serie de salmos al tiempo que lloraban de la emoción y el canadiense, por dentro, se partía. Apareció en su casa y le confesó a O. la fechoría. Pensamos que fue capaz de celebrarlo con alcohol y carne de cerdo, pero no está comprobado. El anglófono le preguntaba que si estaba loco y afirmaba que con eso no se juega.

Ahora O. tiene una guerra civil en casa con uno de Ontario judío y otro de Québec musulmán.

jueves, mayo 22, 2008

Penalties

El corazón se encoje. Cada vez que los partidos terminan a penalties, el corazón se me hace más pequeño, las manos se me vuelven frías, los ojos se concentran en un único y esférico punto, y mi cabeza se pone en la cabeza del que va a lanzar, del que va a fallar, del que va a acertar, del que va a parar.

No hay suerte más bella en el fútbol: el azar toma el balón y casi siempre llena el césped de injusticia. Como soy incapaz de ser neutral, siempre me he puesto de parte de alguien en los partidos, y más aún en las finales de la Champions. Desde la primera que recuerdo: aquella final PSV-Benfica del 88 que, por supuesto, acabó a penalties y elevó la figura del portero holandés Hans van Breukeleen, un héroe de la niñez desde entonces.

Ayer, otro portero holandés se convirtió en héroe. Veinte años después. Van der Sar, “el del mar” en holandés. Jugaba el tiempo a su favor, caía agua en Moscú como para jugar a waterpolo, y como para jugar con el apellido del futuro héroe. La final fue bonita, pero se veía venir la injusticia de los penalties venir y mi corazón se iba achicando.

Pero ganó el que yo quería.

martes, mayo 20, 2008

¿Te gusta conducir?

Pues entonces deja la lectura del Corán para otro momento, ¡copón! que nos matamos!!

domingo, mayo 18, 2008

El desierto blanco

Estábamos en otro planeta. A nuestro alrededor, la nada. Una nada hecha de arena de desierto y montículos de caprichosas formas de piedra blanda y blanca moldeadas al antojo del viento. El cielo, al atardecer, era una paleta de colores estrambótica e inabarcable, y la tierra un silencio pintado por Miró. Más tarde, la sensación de lejanía cósmica creció con una noche que no lo era del todo porque la luna iluminaba el paraje como un sol enano. Los montículos cogieron tonos azulados, y sólo la sensación de cotidiana gravidez mantenía relajados nuestros sentidos: seguíamos en La Tierra.

El desierto blanco de Bahariya es uno de esos paraísos del viajero infernal para el habitante local, pero su capacidad de transportarte a realidades imposibles es muy grande. Parece inimaginable imaginar lugares así, y sin embargo existen. ¿Será un fallo de la creación?

domingo, mayo 04, 2008

Angola

“We are human beings.
When fear comes, sleep seldom can.
Not everyone can do everything.
The sailor talks about wind; the farmer, about cattle;
the soldier, about wounds.
As long as I breathe, I hope.
Life is vigilance.
There is no life in war.
Man is a wolf to man.
In the gardens of Bellona are born the seeds of death.
The outcomes of battles are always uncertain.
The who can prevail over himself in victory is twice victorious.
You know how to win, Hannibal, but not how to take
advantage of victory!
The only salvation for the conquered: not to expect salvation.
Being conquered, we conquered.
Who was he, who took up the fearsome swords?”

Así empieza “Another day of life”, the Ryszard Kapuscinski. Con su estilo entre el periodismo, la antropología y la literatura (¿acaso no debe ser eso el verdadero periodismo?) lleva al comienzo de una guerra que no era sino la prolongación final de siglos de guerra y devastación: la declaración de independencia de Angola y la subsiguiente lucha entre angoleños con la ayuda de cubanos, sudafricanos, portugueses, chinos, congoleños y la inestimable aportación del armamento americano, soviético y europeo en una orgía de sangre en la que hubo extrañísimos compañeros de cama. El polaco nos habla de desorden, desesperación e incertidumbre. Y el poema inicial, quizá del propio Kapuscinski (no viene firmado) nos lleva a la piel del soldado, empujado por la desesperación, como víctima y como verdugo. En su blog “In of Africa”, Dertyu contaba muchas de las consecuencias de aquella guerra en el país, experimentadas en su año en Angola. Hace poco se conmemoró el 40 aniversario de la matanza de Mi Lay, de la que el mundo se enteró por casualidad. Kapuscinski cuenta en este y otros libros muchos Mi Lays que nos hablan de víctimas y verdugos, Mi Lays que no han sido tan famosos y en los que rara vez los primeros que desenvainaron las espadas del miedo no fueron los mismos de siempre.

martes, abril 29, 2008

Gusanitos

Al llegar a Egipto, parece imposible ser capaz de leer la orgía de gusanitos que forman las letras árabes. Pero se consigue. El problema llega después, cuando se empieza a intuir la lectura. Los árabes tienen tres vocales: a, i, u. Y son dobles: largas y cortas. Cuando son largas, se escriben en la palabra y leer resulta de lo más fácil, pues se trata de juntar la b con la a para decir ba. Pero cuando son cortas, no tienen por qué ponerlas, y una misma sílaba puede ser tres al mismo tiempo. La palabra hay que conocerla de memoria para saber su significado, si no, scripta volant. Y sirve esta dificultad al leer para leer la dificultad de una cultura en la que nada está escrito: los precios, las conversaciones y las historias, como cada sílaba, como cada palabra, puede ser muchas cosas al mismo tiempo. Hace falta la memoria de tener muchas experiencias en este país para poder interpretar. Porque la vida en Egipto, como la lectura del árabe, requiere de la interpretación continua y de un abuso de la memoria para recordar e intuir cuando verba manent.

jueves, abril 24, 2008

Alejandría

Egipto no llega del todo a Alejandría. Es una ciudad ajena al resto del país. Fue fundada por griegos (a Alejandro debe su nombre), ordenada por franceses y liderada por judíos. Y debe su espíritu al Mediterráneo, que la emparenta, de forma sutil, con Cádiz, con Palma, Barcelona, Marsella, Nápoles, Estambul y tantas otras ciudades empapadas, más que de las aguas de un mar, de un estilo de vida.

Ir a Alejandría es visitar a un conocido que te abre sus puertas, te saluda con afecto y te pregunta, por tu nombre de pila, que qué tal todo mientras te ofrece un suculento plato casero que no se puede rechazar. Ir a Alejandría es pedir asilo climático y buscar la calma que en El Cairo no existe. Pasear por la playa, visitar catedrales, mezquitas y sinagogas, templos romanos, templos hosteleros, comer su pescado, contemplar su melancolía, su calma, es un refugio para olvidar los aspectos negativos del país en el que te encuentras.

Alejandría es el nombre de la calle en la que pasé parte de mi infancia sin saber que algún día visitaría esta ciudad. Por ello le tengo cierto apego de viejos conocidos desde el día en que llegué por primera vez. De ahí que en ella me sienta como en casa, como en Cádiz, como en Palma, como en Barcelona, como en Nápoles.

martes, abril 22, 2008

El señor Mustafa

Fui a pagar el mes de alquiler de Félix al señor Mustafa. Me invitó a entrar en su piso, me sirvió una coca-cola y me dio conversación durante un rato. Pasamos de esto a aquello. Mis conversaciones con los egipcios rara vez no terminan donde siempre: Que si Estados Unidos, que si Europa, que si Israel, que si el Islam.

Circunloquiábamos en inglés sobre el sistema económico, sobre Estados Unidos, un país que él conoce y yo no, cuando empezó a criticar la forma en que trabajan los bancos en Estados Unidos y en Inglaterra y en otros países de Europa como Francia e Italia, quizá España no (dijo para evitar ofenderme).

–Por qué te dan 20.000 y te piden 30.000? y si no se los das a tiempo no te dan más? O te piden 40.000 si te prolongan el plazo?- Se preguntaba retóricamente de forma un poco naif. Y me sorprendía su crítica cuando hacía un momento me había dicho que pedía 7.000 libras al mes (casi 1.000 euros, inalcanzable en Egipto) por un piso que había subido mucho gracias a la inauguración de un gran centro comercial en la zona.

Me dijo que eso, la usura, estaba prohibido por el islam. Que no está permitido en su religión, que si aquí prestan y no lo pueden devolver, hay que esperar y no pasa nada. Pero la usura está prohibida, el islam pide cooperación. Y claro, no me pude contener. Entonces, por qué les estáis subiendo los precios de los alimentos y la vivienda a los iraquíes, que venden todo lo que tienen en Bagdad o Basora por cuatro duros y se refugian aquí, y ven derretirse los ahorros de su vida mientras no encuentran ninguna oportunidad y los egipcios se aprovechan de la situación. Por qué no cooperáis con ellos. Por qué clamáis contra Estados Unidos y Europa mientras les pegáis el sablazo a los iraquíes. Qué hacéis por ellos.

-Es el mercado-, me respondió, -la ley de la oferta y la demanda-.


domingo, abril 20, 2008

Ruski

Un día, caminando por el barrio de Montmâtre, en París, un pintor se me quedó mirando y me ofreció una acuarela sobre la que estaba trabajando. Lo hizo en español, y le pregunté que cómo sabía que yo era español. Su respuesta fue: lo llevas en la frente. Era evidente por alguna razón.

Sin embargo, fuera de Europa las evidencias se difuminan, las caras no están tan claras. Por eso, me han preguntado en alguna ocasión si soy portugués, italiano, francés, turco, americano, mexicano, argentino, griego, egipcio, libanés, israelí o iraní. Y todo ello podría ser comprensible.

Pero el otro día, en la tienda de al lado de mi casa, la dependienta, al notar mi acento extranjero, quería saber si yo era ruso. Y clarrro, al principio casi me muero de risa, luego de preocupación, y unos instantes después, cuando recapacité y vino a mi mente la figura enigmática de Valery, el profesor de ruso cuya dialéctica me empujó (sin él saberlo) hacia la blogosfera (valerianas.blogspot.com) le respondí con simpatía: Ochin Priadna.

Moraleja: Mujerrres!

martes, abril 15, 2008

Atardecer

Decia Heine que sólo por leer el Canto XXIV de la Iliada, la vida merecía ser vivida. Yo nunca llegué tan lejos con la epopeya clásica (aunque les recomiendo como atajo Homero, Iliada de Alessandro Baricco). Sin embargo, sí creo que hay momentos, platos, versos y besos por los que la vida merece ser vivida. Uno de esos momentos se me apereció hace unos días junto a dos viejos y buenos amigos a bordo de una faluca, en un atardecer en el Nilo, en Luxor. Fue lo mejor de un corto e intenso viaje que nos llevó a Abu Simbel a deshoras, que nos saturó de templos y piedras antiguas en un atasco de sabiduría e itinerarios turísticos, fotos y explicaciones a matacaballo que atragantan los ojos y la mente de cualquiera. Quizá por eso, resultó un oasis en mitad de tanto ajetreo montarse en esa barca antigua, remontar las aguas eternas del mítico Nilo y sólo escuchar el ruido de los pájaros, mirar, a lo lejos, las palmeras a contraluz y sólo hablar lo justo y necesario.

lunes, abril 07, 2008

Arena


Oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y arena. El aire de El Cairo tenía ayer ese componente inesperado (con permiso de su majestad, el dióxido de carbono), y además en cantidades exageradas. Me lo habían anunciado, pero una cosa es escucharlo y otra verlo: A veces hay tormentas de arena que sacuden la ciudad y lo llenan todo de esa materia infinita del desierto. Era una niebla que se mascaba y no dejaba ver ni respirar. El sol, a través de este cristal gaseoso, se confundía con la luna. Era como un eclipse permanente. Y El Cairo, además de grande, lento, torpe y perezoso, se volvió amarillo. El Cairo, ayer, era Homer Simpson.

jueves, abril 03, 2008

Cien

Cien y está hecho un chaval, mírenlo (no seré tan presuntuoso como para pedir que lo admiren), con más de un año y medio y ahí se mantiene, como si no pasase nada, como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo, ahí está mi blog.


Creo que el registro no está mal: una media de una entrada cada cinco días y unas 20 visitas cada día, con lectores en los cinco continentes y con una gran cantidad de comentarios que agradezco y que me llenan de ilusión cada vez que abro: K, Agropensador, Shosholosa, Irene, Caesares8, Dertyu, Angela, Emereci, Crapulina, Riquina, Edgar Allan Borch, Fuego Fatuo, Merhaba, Blume, Carlota, Marcella... a todos muchas gracias, porque, la verdad, esos comentarios son la principal fuente de energía (renovable) de este blog que a veces se para durante mucho tiempo, como reposando, y otras se llena de entradas: Unas mejores, otras peores, pero todas con la intención de agradarles lo más posible. Un abrazo allá donde estén desde las antípodas de la veracidad, que hoy están aquí, y mañana allí.

martes, marzo 25, 2008

Primavera

Lo he superado, acabó. Ayer me di cuenta, entre la bolsa de humo que asfixia a la pituitaria en esta gran cámara de gas de El Cairo asomaba una sensación de primavera. Ayer empezaba y ayer noté ese olor más fuerte que tiene la naturaleza desde el 21 de marzo (desde el 1 en Australia, donde también han adaptado la oficialidad de las estaciones). Y esa sensación me recordó que hacía dos años que no lo notaba, y que he tenido un año de invierno y no he muerto en el intento.

Cuando llegué a Australia estaba acabando el verano en Europa (un verano que, en parte, pasé convertido en pleno otoño en Irlanda y Alemania), y allí empezaba mi segundo verano consecutivo. La de Australia es una primavera al cien por cien: un día hace sol y al día siguiente llueven "gatos y perros". Con el tiempo, me di cuenta de que el tiempo en Australia, o más bien en Sydney, era una primavera. O más bien, las horas eran una primavera: Salía el sol un rato y a los cinco minutos podía estar lloviendo.

Y así, pasé un año de verano hasta que en febrero llegó el invierno austral y comenzó ese año de invierno para mí (con las excepciones de una semana de verano japonés y otra de estación seca en Samoa). Al llegar a España el otoño ya empezaba, aunque en Andalucía aún quedaban algunas semanas de otoño más bien primaveroso.

Y así fue como ayer volvieron las cosas a su sitio.

domingo, marzo 16, 2008

El futbol

El viernes, como todos los viernes, fue domingo en Egipto. Y los domingos, todo el mundo lo sabe, hay fútbol. El pasado viernes, o domingo, en El Cairo se enfrentaban El Ahly y el Zamalek, que es la versión egipcia de un Barça-Madrid, un Juve-Milán o un Arsenal-Liverpool.

El Ahly viste de rojo, tono sospechosamente parecido al de Vodafone, y es el equipo del pueblo, el megacampeón egipcio, el equipo con más hinchada, más títulos y más pedigrí. Uno de los más laureados de África, múltiple campeón de la "Champions" africana y asiduo de la Copa Toyota, ese engendro futbolístico, lejano y solo, en el que América y Europa se disputan el cetro del balompié, y que desde hace poco tiempo se maquilla con la asistencia de comparsas africanas, asiáticas, norteamericanas y oceánicas.

El Zamalek tiene atributos regios, pero como aquí la monarquía cayó en desgracia en los cincuenta, el equipo blanco no disfruta de los favores ni las glorias de otros equipos blancos y regios.

Había que llegar al campo con varias horas de antelación. Tiene una explicación sencilla: había mucha policía, bastante diversion, pero poca organización. Si en vez de vigilar el estadio, los militares hubieran decidido invadir Israel, el problema palestino se hubiera acabado el viernes. Pero aún así, los habituales apelotonamientos egipcios se seguían produciendo con total normalidad: como en el metro, como en los pubs, como en las tiendas. Además, el fondo norte, en el cual me encontraba con mis amigotes, rodeado de seguidores de El Ahly, no tenía escaleras que dividieran la grada en sectores, por lo que llegar hasta el asiento que aparecía en mi entrada se convirtió en una odisea contemporánea.

Las cinco cero cero. A esa hora me hallaba ya en mi sitio, quedaban aún dos horas y media para que empezase el partido, pero los seguidores ya llenaban los fondos, y no paraban de gritar y apoyar al equipo. A las siete y media seguían gritando y apoyando, y así hasta el final. Era como estar rodeado de conejitos de duracell haciendo el biri. Un ambientazo.

Y llegó el pitido inicial. Empezó entonces un partido entre dos equipos tácticamente huérfanos, llenos de buenas intenciones, defensivamente dadivosos pero con anorexia goleadora. El partido era pura inocencia futbolística, como si los pitufos hubieran debutado en segunda B. La primera parte estuvo llena de pifias, piscinazos descarados y excesivo barroquismo en la composición de las jugadas. En la segunda llegaron los dos goles de El Ahly, el menos malo, tras dos fallos circenses de la defensa del Zamalek. Y despertaron a la bestia roja que me rodeaba.

Y así, el partido acabo del lado colorín colorado.

martes, marzo 11, 2008

Mardi Gras VI

Koshari


En su mochila y en su estómago, dejen espacio para uno de esos platos hechos a base de sobras que se pueden calificar como delicia de origen humilde. El koshari les llevará a conocer los secretos de la sencillez y la complejidad de Egipto, un país hecho de restos de otras culturas que como llegaron fueron aceptadas, y como se asentaron se fueron. Es uno de esos platos simples en los que se reconoce un país, que forman parte de un imaginario colectivo sin los cuales no se entiende a un pueblo. Nacido, quizá, de la suma de restos, el koshari junta una base de pasta con una mezcla de arroz y lentejas que le añaden la contundencia de un país que sobrevive a una inmensidad desértica. Se suman unos garbanzos, tan antiguos en esta región como su cultura, y cebolla frita. A todo ello, se añade una salsa hecha a base de vinagre y ajo que le da fuerza, tomate rallado frito y el picor del sol transportado a una guindilla. El resultado es el plato egipcio más autóctono y auténtico. Desde El Cairo, retazos de todas las culturas del Mediterráneo en un país, retazos de todas sus posibilidades culinarias en un plato, en su paladar.

Fronteras

El ascensor bajó y nos subimos los tres. Estaba yo y estaban ellos dos. Ella, Vachinam, mi vecinita de enfrente. Guapa, atractiva, con ropa a la occidental, con vida a la occidental, universitaria, veintimuypocos, con esa indiferencia diabólica y angelical de una adolescente que se sabe bella. Él, Alí, el hermano del portero, vestido con unas sandalias llenas de polvo y cansancio que deberían ser la bandera de Egipto. Alí, con su indiferencia llena de inocencia e incultura.

Los porteros de los portales son una institución aquí, se mueven por las tripas de los edificios, conocen cada palmo, están para lo que haga falta, sin horas, y viven en las primeras plantas, en una especie de cuevas que son más obscenas cuanto más ostentosas son las viviendas que soportan.

Allí, en ese espacio mínimo, en ese metro cuadrado móvil, tenía la mejor imagen de este país: una chica bella y formada, bien vestida, probablemente inteligente, seguramente viajada, que forma parte del faraónico 5 ó 10 por ciento que vive a la occidental aquí, que aprovecha el boom económico que está teniendo el país en los últimos años; y él, un joven inocente y bonachón y sin nada de nada, al que le afecta ese boom económico que está haciendo que los productos básicos suban de un precio que para mi sueldo aquí son céntimos, pero que para ellos es inalcanzable.

Ella salió primero del ascensor, y me dijo “see you” o algo así, a él no le dijo nada porque no existe. Yo imaginaba que él la ha visto desde siempre y desde siempre le ha gustado. Que la mira y la admira desde la cueva cuando ella llega las noches de los viernes, vestida de fiesta, de esa fiesta sólo abierta para occidentales y para los faraones de ese 5 por ciento. Que sube en el ascensor, el único medio de transporte que puede imaginar, para oler su olor, su perfume, su limpieza. E imaginaba que si yo fuera él, seguramente estaría enamorado de ella, aunque sólo fuera por el placer de la esperanza.

Pero creo que no. Creo que es imposible, pertenecen a mundos distintos superpuestos en un mismo pais, y la frontera que los separa impide cualquier pensamiento que los acerque.

jueves, marzo 06, 2008

La peor droga

Llevo un mes en El Cairo. He buscado piso para mí, he buscado piso con mi jefe para él, he buscado oficina para la empresa, he buscado otra vez piso para mí y otra vez oficina para la empresa.

Cansa. Y aquí, que todo es más lento, cansa más. Los egipcios te adulan entre piso y piso para que elijas el suyo. Tratan de convencerte. Y tú sigues buscando. Lo que tiene buen precio es demasiado viejo, lo que tiene buen precio y está bien, está lejos, lo que tiene buen precio, está bien y está cerca, de repente se lo llevan los saudíes que vienen aquí a pasar el verano ofreciendo el doble que tú.

Y de repente, cuando te das cuenta, estás enganchado a seguir abriendo esas cajas de sorpresas que hay detrás de cada puerta. El deseo te puede y te pide continuar, seguir jugando contigo mismo, con la ilusión de que el próximo sea perfecto, con la desilusión de que no lo es y de que tienes que seguir buscando. Y sumas partes de unos con la de otros para hacer el piso perfecto, que como la mujer perfecta o el país perfecto, no existe.

Si el de la calle tal tuviera las vistas del de la calle cual, la cocina del anterior y el baño del próximo, el precio del primero, las condiciones del tercero...y así hasta que te ves enganchado, desequilibrado y cansado hasta límites imposibles.
El que tengo ahora no está nada mal, pero ¿me habré desintoxicado del todo?

lunes, febrero 18, 2008

La kapia

“El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. Suena simple, y quizá cacofónico, pero esta frase de Cervantes me resulta llena de sentido: Leer como forma de ir, de viajar; andar, o viajar, como forma de saber. En estos días, mientras andaba por El Cairo tratando de saber sobre un país tan distinto e incluso sobre mí mismo, a veces paraba a tomar un té y leía Un puente sobre el Drina, del bosnio Ivo Andric, para así poder viajar a la antigua Yugoslavia, al que fue su corazón, Bosnia-Herzegovina, y metáfora de un país imposible.

Andric lleva al lector a un viaje por la historia de una ciudad de provincias de los Balcanes, Visegrad, que se convirtió en la Edad Media en un nudo de comunicación entre Oriente y Occidente, gracias a su puente sobre el río Drina. Nos muestra su crecimiento, la cohabitación, que no convivencia, entre gentes de distintas religiones y orígenes que, sin embargo, tienen en común un modo de vida sosegado y contemporizador en torno del puente y de su kapia, un banco de piedra situado en mitad del mismo al que se acercan los visegradeses, de todas las edades, para tomar el aire fresco y escuchar el transcurrir del agua. El puente es el centro de la vida de la ciudad generación tras generación y el lugar en que se encuentran, a pesar de sus diferencias, o precisamente por ellas. Habla de la Edad Media y sus leyendas en torno del puente, de la formación del Imperio Otomano, las revueltas serbias, el Imperio Austro-Hungaro, las turbulencias previas a la Gran Guerra. Y como van pasando por todos esos cambios y desapareciendo en ellos las generaciones de visegradeses. Y viendo, y viviendo, las enormes diferencias y las grandes similitudes que nos unen y nos separan de los egipcios, me planteo por qué algunos mandamases nos quieren alejar más, enfrentar culturas crecidas junto a religiones más parecidas de lo que se piensa. Por qué no nos dejan que nos sentemos tranquilos en la kapia del mundo mientras vemos juntos el agua pasar y tomamos aire, y nos extinguimos poco a poco mientras otras generaciones llegan.

Puntos rojos

Va para un año (el 26 de febrero) que, movido por la envidia cochina hacia otros blogs, puse un mapa de Clustermaps en Oceanía Directo. Desde entonces me dediqué a contemplar el blog como un astronauta mira la Tierra desde la MIR esperando respuesta. Primero cada día, luego cada semana, al final cada no sé cuántos, se encendían unos pilotitos rojos que me hablaban de lectores en lugares improbables. Me respondian. Incluso hice viajes imposibles con la única finalidad de conectarme a mi blog en lugares remotos y que apareciera, en ese sitio, un pilotito rojo. Así podía comprobar que no era una ficción aleatoria de un programa informático. Y desde entonces, casi 7.000 conexiones han encendido puntos rojos en el mapa en lugares como Canadá, Uruguay, Mauritania, Vietnam, Japón, Marruecos, Suecia, Italia, Paraguay, Bolivia, Estados Unidos, Indonesia, Samoa (ese fui yo), Rusia, Portugal, Angola, Fiji, Sudáfrica, Israel, Egipto, Irán, Cuba, Chile, Australia, Bélgica...

A algunos puntos les pongo cara (algunas veces la mía propia), y a otros no. Pero a unos y a otros les mando un saludo, y un agradecimiento con la esperanza de que estas tonterías que de vez en cuando cuento, cuando afilo mi ironía o desnudo mi estado de ánimo, no les aburran. Porque a mí, personalmente, me hacen comprobar esa extraña magia que tiene sentirse escuchado a lo largo de todo el planeta en una sola vez, como si cada vez que subo una entrada, un mensaje fuese enviado en miles de botellas por todos los mares, y la gente las encontrara.

miércoles, febrero 13, 2008

El Metro

Cuentan que hay un lugar en que las normas de la superficie terrenal y la apacible calma que nos transmiten desaparecen para convertirnos en nuestra peor versión. Es un submundo desconocido y peligroso. De este lugar nos separan sólo unos escalones que nos transportan al más allá de nosotros mismos, a nuestro lado más oscuro.

Al poco de descender y alejarnos de la cotidianidad, al separar nuestros pies del último escalón, una barrera infranqueable ya, nos espera la primera prueba. En una ventanilla nos muestra su cara un caronte monstruosamente aburrido que reparte unos tickets amarillos ante los cuales los viajeros afilan sus armas secretas. Abandonan cualquier vestigio de orden para solicitar su entrada al infierno. Venden su alma por una libra. No vale mirar a los lados, el viajero debe mirar sólo al frente, queda extasiado por una visión unívoca. Ningún otro foco es válido. El que no anda avispado se queda sin viaje y tendrá que esperar eternamente mientras los que van llegando por detrás van obteniendo sus tickets. Llegan como por generación espontánea y se hacen con el que podía ser el billete propio porque no hay cola ni orden alguno.

Después, a grandes pasos, firmes y decididos, el viajero, ya totalmente perdido, se dirige a uno de los varios tornos que vomitan filas de gente cuyo destino está marcado por la lucha sin tregua que acaba de iniciarse.

Bajan las escaleras ya convertidos en turbas de cientos y se preparan para esperar su wagon correspondiente. Da igual el lugar de la espera, por muy largo que sea el pasillo siempre estará rodeado por una gran cantidad de competidores. Y cuando llega el wagon, que le transportará, ya sin alma, a ningún sitio, comienza el climax de la pugna.

Entrar es el primer reto. La fila de wagones se mantiene abierta apenas unos instantes, y en ese breve momento, los que están dentro de los wagones intentan salir al mismo tiempo que los que están fuera intentan entrar. No hay lógica, sólo darwinismo descarnado.

Los cuerpos se funden para entrar y salir, la voluntad del individuo queda anulada porque ahora forma parte de una masa informe que empuja en un sentido u otro. En un momento determinado, las puertas se cierran y abandonan a su suerte a los que quedan en el camino. A partir de ahí, el wagon se detiene todo el tiempo que haga falta en el mismo sitio. Las puertas están acabadas en unas gomas que protegen del golpe. Pero si en vez de gomas hubiese cuchillas, el resultado sería un film gore múltiple e incesante.

Una vez dentro, la situación no mejora. El viajero está sometido a los demás, se deja llevar en volandas por la voluntad creadora de la masa. Y sólo le queda acertar a escapar en el lugar deseado. O quizá sólo le queda acertar a escapar.

¿Quién dijo Tokio? Piensen en el metro de Madrid y sólo verán caballerosidad a expuertas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

El Claxon

Al principio fue un ruido constante y discontinuo, arrítmico, que se clavaba en las sienes. Pero poco a poco ha ido convirtiéndose en una melodía comprensible y cotidiana que explica muchas cosas. Miras alrededor cuando estás al borde de la carretera, como en un burladero que protege de un toro humeante y mecánico, y la anarquía rodante, lenta, ruidosa, adquiere un significado con sus pitidos. También lo ves dentro de los coches, esos milagros a cuatro ruedas que una vez tuvieron algún glamour cuando Europa alcanzaba el éxtasis de su propio milagro, del que guardan una reliquia en forma de matrícula holandesa, alemana, francesa, italiana o española de los 70 camuflada bajo otra egipcia, que los salvó del desguace de Roma, Lyon, Madrid, Rotterdam o Dusseldorf para dar un último servicio aquí. Para formar parte de una melodía comprensible y cotidiana hecha de ruidos constantes y discontinuos que se clavan en las sienes. El piloto cambia la marcha y toca el claxon, gira el volante y toca el claxon, se para y toca el claxon. Y todos los pilotos tocan el claxon. Y quizá esa anarquía rodante, lenta y ruidosa se mueve impulsada por el rebote de las ondas sonoras de unos coches en otros. Porque el claxon es lo único que suena saludablemente en sus carcasas exhaustas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

lunes, enero 28, 2008

El Cairo

Caos. El Cairo es caos, es ruido, gente, olores, mezquitas, iglesias, contaminación y coches, coches y más coches sin sentido ni orden en un big-bang que ni siquiera pueden domesticar las cinco llamadas a la oración que hay durante el día. Ese extraño magma tiene un dominante color amarillo que avisa al visitante de la proximidad del desierto y de su omnipresencia en el país más antiguo del mundo. Es también gente por todos sitios y a todas horas, noches que suceden al día sin que nada cambie y sin que el caos se relaje. Es una ciudad que exige una atención continua para sobrevivir a ella y para no perderse lo mejor de sus contradicciones y la convivencia del pasado, el futuro, el condicional y el pluscuamperfecto en un presente sin orden ni concierto ni ton ni son ni yin ni yan.

I Republica

El pasado viernes por la noche comencé a vivir en Egipto. Esto significa que, entre otras muchas cosas, tras el cámelot monárquico holandés, la esquizofrenia coronada de Bélgica, la profilaxis regia española y la lejana proximidad australiana con su inteligente (quién lo iba a decir) pertenencia a la Commonwealth (cuestión para tratar en otro post: si queremos un rey...¿por qué no nos unimos a la Commonwealth y que lo paguen los ingleses?). Me perdía, tras todo eso, voy a vivir por fin en una república. Mi primera república. Y empezaré a contarles a partir de ahora mi nueva vida aquí. Es una república de aquella manera: Gobierna el mismo jefe de Estado (Hosni Mubarak) desde los setenta, su “delfín” es su hijo, y a diferencia de los otros cuatro países la democracia está en pañales. No es una república muy ejemplar pero....es que es mi primera vez, tampoco podían esperar que me fuese a Francia, ¿no?

Mardi Gras 5

Salmorejo


En su mochila y en su estómago, hagan hueco a la simplicidad culinaria y el esplendor gastronómico del salmorejo. Retornen a la vida media barra de pan duro de varios días y enriquézcanlo con un poco de agua. Escurran el agua y llévenlo a florecer a un recipiente junto a un diente de ajo, sal, un chorreón de aceite de oliva y otro de vinagre. Añadan tres o cuatro tomates pequeños y más bien maduros, una vez pelados. La batidora hará el resto. En unos minutos, el puñado de ingredientes se habrá convertido en un plato capaz de conquistar cualquier resistencia: sencillo, contundente. Inmejorable para el verano. Añadan el rojo de los taquitos de jamón serrano y el blanco de la clara de un huevo duro. Así tendrán un pequeño viaje visual a la cuna de este plato: Córdoba, cuyo icono más simbólico son los arcos de medio punto de una mezquita que es catedral al mismo tiempo. Arcos de ladrillo rojo y blanco. La yema del huevo recordará a un sol siempre presente en la ciudad omeya, que les hará pedir a su paladar degustar, una vez más, este plato. Desde Córdoba, estrechas calles blancas y atardeceres rojos en su paladar.