martes, marzo 25, 2008

Primavera

Lo he superado, acabó. Ayer me di cuenta, entre la bolsa de humo que asfixia a la pituitaria en esta gran cámara de gas de El Cairo asomaba una sensación de primavera. Ayer empezaba y ayer noté ese olor más fuerte que tiene la naturaleza desde el 21 de marzo (desde el 1 en Australia, donde también han adaptado la oficialidad de las estaciones). Y esa sensación me recordó que hacía dos años que no lo notaba, y que he tenido un año de invierno y no he muerto en el intento.

Cuando llegué a Australia estaba acabando el verano en Europa (un verano que, en parte, pasé convertido en pleno otoño en Irlanda y Alemania), y allí empezaba mi segundo verano consecutivo. La de Australia es una primavera al cien por cien: un día hace sol y al día siguiente llueven "gatos y perros". Con el tiempo, me di cuenta de que el tiempo en Australia, o más bien en Sydney, era una primavera. O más bien, las horas eran una primavera: Salía el sol un rato y a los cinco minutos podía estar lloviendo.

Y así, pasé un año de verano hasta que en febrero llegó el invierno austral y comenzó ese año de invierno para mí (con las excepciones de una semana de verano japonés y otra de estación seca en Samoa). Al llegar a España el otoño ya empezaba, aunque en Andalucía aún quedaban algunas semanas de otoño más bien primaveroso.

Y así fue como ayer volvieron las cosas a su sitio.

domingo, marzo 16, 2008

El futbol

El viernes, como todos los viernes, fue domingo en Egipto. Y los domingos, todo el mundo lo sabe, hay fútbol. El pasado viernes, o domingo, en El Cairo se enfrentaban El Ahly y el Zamalek, que es la versión egipcia de un Barça-Madrid, un Juve-Milán o un Arsenal-Liverpool.

El Ahly viste de rojo, tono sospechosamente parecido al de Vodafone, y es el equipo del pueblo, el megacampeón egipcio, el equipo con más hinchada, más títulos y más pedigrí. Uno de los más laureados de África, múltiple campeón de la "Champions" africana y asiduo de la Copa Toyota, ese engendro futbolístico, lejano y solo, en el que América y Europa se disputan el cetro del balompié, y que desde hace poco tiempo se maquilla con la asistencia de comparsas africanas, asiáticas, norteamericanas y oceánicas.

El Zamalek tiene atributos regios, pero como aquí la monarquía cayó en desgracia en los cincuenta, el equipo blanco no disfruta de los favores ni las glorias de otros equipos blancos y regios.

Había que llegar al campo con varias horas de antelación. Tiene una explicación sencilla: había mucha policía, bastante diversion, pero poca organización. Si en vez de vigilar el estadio, los militares hubieran decidido invadir Israel, el problema palestino se hubiera acabado el viernes. Pero aún así, los habituales apelotonamientos egipcios se seguían produciendo con total normalidad: como en el metro, como en los pubs, como en las tiendas. Además, el fondo norte, en el cual me encontraba con mis amigotes, rodeado de seguidores de El Ahly, no tenía escaleras que dividieran la grada en sectores, por lo que llegar hasta el asiento que aparecía en mi entrada se convirtió en una odisea contemporánea.

Las cinco cero cero. A esa hora me hallaba ya en mi sitio, quedaban aún dos horas y media para que empezase el partido, pero los seguidores ya llenaban los fondos, y no paraban de gritar y apoyar al equipo. A las siete y media seguían gritando y apoyando, y así hasta el final. Era como estar rodeado de conejitos de duracell haciendo el biri. Un ambientazo.

Y llegó el pitido inicial. Empezó entonces un partido entre dos equipos tácticamente huérfanos, llenos de buenas intenciones, defensivamente dadivosos pero con anorexia goleadora. El partido era pura inocencia futbolística, como si los pitufos hubieran debutado en segunda B. La primera parte estuvo llena de pifias, piscinazos descarados y excesivo barroquismo en la composición de las jugadas. En la segunda llegaron los dos goles de El Ahly, el menos malo, tras dos fallos circenses de la defensa del Zamalek. Y despertaron a la bestia roja que me rodeaba.

Y así, el partido acabo del lado colorín colorado.

martes, marzo 11, 2008

Mardi Gras VI

Koshari


En su mochila y en su estómago, dejen espacio para uno de esos platos hechos a base de sobras que se pueden calificar como delicia de origen humilde. El koshari les llevará a conocer los secretos de la sencillez y la complejidad de Egipto, un país hecho de restos de otras culturas que como llegaron fueron aceptadas, y como se asentaron se fueron. Es uno de esos platos simples en los que se reconoce un país, que forman parte de un imaginario colectivo sin los cuales no se entiende a un pueblo. Nacido, quizá, de la suma de restos, el koshari junta una base de pasta con una mezcla de arroz y lentejas que le añaden la contundencia de un país que sobrevive a una inmensidad desértica. Se suman unos garbanzos, tan antiguos en esta región como su cultura, y cebolla frita. A todo ello, se añade una salsa hecha a base de vinagre y ajo que le da fuerza, tomate rallado frito y el picor del sol transportado a una guindilla. El resultado es el plato egipcio más autóctono y auténtico. Desde El Cairo, retazos de todas las culturas del Mediterráneo en un país, retazos de todas sus posibilidades culinarias en un plato, en su paladar.

Fronteras

El ascensor bajó y nos subimos los tres. Estaba yo y estaban ellos dos. Ella, Vachinam, mi vecinita de enfrente. Guapa, atractiva, con ropa a la occidental, con vida a la occidental, universitaria, veintimuypocos, con esa indiferencia diabólica y angelical de una adolescente que se sabe bella. Él, Alí, el hermano del portero, vestido con unas sandalias llenas de polvo y cansancio que deberían ser la bandera de Egipto. Alí, con su indiferencia llena de inocencia e incultura.

Los porteros de los portales son una institución aquí, se mueven por las tripas de los edificios, conocen cada palmo, están para lo que haga falta, sin horas, y viven en las primeras plantas, en una especie de cuevas que son más obscenas cuanto más ostentosas son las viviendas que soportan.

Allí, en ese espacio mínimo, en ese metro cuadrado móvil, tenía la mejor imagen de este país: una chica bella y formada, bien vestida, probablemente inteligente, seguramente viajada, que forma parte del faraónico 5 ó 10 por ciento que vive a la occidental aquí, que aprovecha el boom económico que está teniendo el país en los últimos años; y él, un joven inocente y bonachón y sin nada de nada, al que le afecta ese boom económico que está haciendo que los productos básicos suban de un precio que para mi sueldo aquí son céntimos, pero que para ellos es inalcanzable.

Ella salió primero del ascensor, y me dijo “see you” o algo así, a él no le dijo nada porque no existe. Yo imaginaba que él la ha visto desde siempre y desde siempre le ha gustado. Que la mira y la admira desde la cueva cuando ella llega las noches de los viernes, vestida de fiesta, de esa fiesta sólo abierta para occidentales y para los faraones de ese 5 por ciento. Que sube en el ascensor, el único medio de transporte que puede imaginar, para oler su olor, su perfume, su limpieza. E imaginaba que si yo fuera él, seguramente estaría enamorado de ella, aunque sólo fuera por el placer de la esperanza.

Pero creo que no. Creo que es imposible, pertenecen a mundos distintos superpuestos en un mismo pais, y la frontera que los separa impide cualquier pensamiento que los acerque.

jueves, marzo 06, 2008

La peor droga

Llevo un mes en El Cairo. He buscado piso para mí, he buscado piso con mi jefe para él, he buscado oficina para la empresa, he buscado otra vez piso para mí y otra vez oficina para la empresa.

Cansa. Y aquí, que todo es más lento, cansa más. Los egipcios te adulan entre piso y piso para que elijas el suyo. Tratan de convencerte. Y tú sigues buscando. Lo que tiene buen precio es demasiado viejo, lo que tiene buen precio y está bien, está lejos, lo que tiene buen precio, está bien y está cerca, de repente se lo llevan los saudíes que vienen aquí a pasar el verano ofreciendo el doble que tú.

Y de repente, cuando te das cuenta, estás enganchado a seguir abriendo esas cajas de sorpresas que hay detrás de cada puerta. El deseo te puede y te pide continuar, seguir jugando contigo mismo, con la ilusión de que el próximo sea perfecto, con la desilusión de que no lo es y de que tienes que seguir buscando. Y sumas partes de unos con la de otros para hacer el piso perfecto, que como la mujer perfecta o el país perfecto, no existe.

Si el de la calle tal tuviera las vistas del de la calle cual, la cocina del anterior y el baño del próximo, el precio del primero, las condiciones del tercero...y así hasta que te ves enganchado, desequilibrado y cansado hasta límites imposibles.
El que tengo ahora no está nada mal, pero ¿me habré desintoxicado del todo?

lunes, febrero 18, 2008

La kapia

“El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. Suena simple, y quizá cacofónico, pero esta frase de Cervantes me resulta llena de sentido: Leer como forma de ir, de viajar; andar, o viajar, como forma de saber. En estos días, mientras andaba por El Cairo tratando de saber sobre un país tan distinto e incluso sobre mí mismo, a veces paraba a tomar un té y leía Un puente sobre el Drina, del bosnio Ivo Andric, para así poder viajar a la antigua Yugoslavia, al que fue su corazón, Bosnia-Herzegovina, y metáfora de un país imposible.

Andric lleva al lector a un viaje por la historia de una ciudad de provincias de los Balcanes, Visegrad, que se convirtió en la Edad Media en un nudo de comunicación entre Oriente y Occidente, gracias a su puente sobre el río Drina. Nos muestra su crecimiento, la cohabitación, que no convivencia, entre gentes de distintas religiones y orígenes que, sin embargo, tienen en común un modo de vida sosegado y contemporizador en torno del puente y de su kapia, un banco de piedra situado en mitad del mismo al que se acercan los visegradeses, de todas las edades, para tomar el aire fresco y escuchar el transcurrir del agua. El puente es el centro de la vida de la ciudad generación tras generación y el lugar en que se encuentran, a pesar de sus diferencias, o precisamente por ellas. Habla de la Edad Media y sus leyendas en torno del puente, de la formación del Imperio Otomano, las revueltas serbias, el Imperio Austro-Hungaro, las turbulencias previas a la Gran Guerra. Y como van pasando por todos esos cambios y desapareciendo en ellos las generaciones de visegradeses. Y viendo, y viviendo, las enormes diferencias y las grandes similitudes que nos unen y nos separan de los egipcios, me planteo por qué algunos mandamases nos quieren alejar más, enfrentar culturas crecidas junto a religiones más parecidas de lo que se piensa. Por qué no nos dejan que nos sentemos tranquilos en la kapia del mundo mientras vemos juntos el agua pasar y tomamos aire, y nos extinguimos poco a poco mientras otras generaciones llegan.

Puntos rojos

Va para un año (el 26 de febrero) que, movido por la envidia cochina hacia otros blogs, puse un mapa de Clustermaps en Oceanía Directo. Desde entonces me dediqué a contemplar el blog como un astronauta mira la Tierra desde la MIR esperando respuesta. Primero cada día, luego cada semana, al final cada no sé cuántos, se encendían unos pilotitos rojos que me hablaban de lectores en lugares improbables. Me respondian. Incluso hice viajes imposibles con la única finalidad de conectarme a mi blog en lugares remotos y que apareciera, en ese sitio, un pilotito rojo. Así podía comprobar que no era una ficción aleatoria de un programa informático. Y desde entonces, casi 7.000 conexiones han encendido puntos rojos en el mapa en lugares como Canadá, Uruguay, Mauritania, Vietnam, Japón, Marruecos, Suecia, Italia, Paraguay, Bolivia, Estados Unidos, Indonesia, Samoa (ese fui yo), Rusia, Portugal, Angola, Fiji, Sudáfrica, Israel, Egipto, Irán, Cuba, Chile, Australia, Bélgica...

A algunos puntos les pongo cara (algunas veces la mía propia), y a otros no. Pero a unos y a otros les mando un saludo, y un agradecimiento con la esperanza de que estas tonterías que de vez en cuando cuento, cuando afilo mi ironía o desnudo mi estado de ánimo, no les aburran. Porque a mí, personalmente, me hacen comprobar esa extraña magia que tiene sentirse escuchado a lo largo de todo el planeta en una sola vez, como si cada vez que subo una entrada, un mensaje fuese enviado en miles de botellas por todos los mares, y la gente las encontrara.

miércoles, febrero 13, 2008

El Metro

Cuentan que hay un lugar en que las normas de la superficie terrenal y la apacible calma que nos transmiten desaparecen para convertirnos en nuestra peor versión. Es un submundo desconocido y peligroso. De este lugar nos separan sólo unos escalones que nos transportan al más allá de nosotros mismos, a nuestro lado más oscuro.

Al poco de descender y alejarnos de la cotidianidad, al separar nuestros pies del último escalón, una barrera infranqueable ya, nos espera la primera prueba. En una ventanilla nos muestra su cara un caronte monstruosamente aburrido que reparte unos tickets amarillos ante los cuales los viajeros afilan sus armas secretas. Abandonan cualquier vestigio de orden para solicitar su entrada al infierno. Venden su alma por una libra. No vale mirar a los lados, el viajero debe mirar sólo al frente, queda extasiado por una visión unívoca. Ningún otro foco es válido. El que no anda avispado se queda sin viaje y tendrá que esperar eternamente mientras los que van llegando por detrás van obteniendo sus tickets. Llegan como por generación espontánea y se hacen con el que podía ser el billete propio porque no hay cola ni orden alguno.

Después, a grandes pasos, firmes y decididos, el viajero, ya totalmente perdido, se dirige a uno de los varios tornos que vomitan filas de gente cuyo destino está marcado por la lucha sin tregua que acaba de iniciarse.

Bajan las escaleras ya convertidos en turbas de cientos y se preparan para esperar su wagon correspondiente. Da igual el lugar de la espera, por muy largo que sea el pasillo siempre estará rodeado por una gran cantidad de competidores. Y cuando llega el wagon, que le transportará, ya sin alma, a ningún sitio, comienza el climax de la pugna.

Entrar es el primer reto. La fila de wagones se mantiene abierta apenas unos instantes, y en ese breve momento, los que están dentro de los wagones intentan salir al mismo tiempo que los que están fuera intentan entrar. No hay lógica, sólo darwinismo descarnado.

Los cuerpos se funden para entrar y salir, la voluntad del individuo queda anulada porque ahora forma parte de una masa informe que empuja en un sentido u otro. En un momento determinado, las puertas se cierran y abandonan a su suerte a los que quedan en el camino. A partir de ahí, el wagon se detiene todo el tiempo que haga falta en el mismo sitio. Las puertas están acabadas en unas gomas que protegen del golpe. Pero si en vez de gomas hubiese cuchillas, el resultado sería un film gore múltiple e incesante.

Una vez dentro, la situación no mejora. El viajero está sometido a los demás, se deja llevar en volandas por la voluntad creadora de la masa. Y sólo le queda acertar a escapar en el lugar deseado. O quizá sólo le queda acertar a escapar.

¿Quién dijo Tokio? Piensen en el metro de Madrid y sólo verán caballerosidad a expuertas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

El Claxon

Al principio fue un ruido constante y discontinuo, arrítmico, que se clavaba en las sienes. Pero poco a poco ha ido convirtiéndose en una melodía comprensible y cotidiana que explica muchas cosas. Miras alrededor cuando estás al borde de la carretera, como en un burladero que protege de un toro humeante y mecánico, y la anarquía rodante, lenta, ruidosa, adquiere un significado con sus pitidos. También lo ves dentro de los coches, esos milagros a cuatro ruedas que una vez tuvieron algún glamour cuando Europa alcanzaba el éxtasis de su propio milagro, del que guardan una reliquia en forma de matrícula holandesa, alemana, francesa, italiana o española de los 70 camuflada bajo otra egipcia, que los salvó del desguace de Roma, Lyon, Madrid, Rotterdam o Dusseldorf para dar un último servicio aquí. Para formar parte de una melodía comprensible y cotidiana hecha de ruidos constantes y discontinuos que se clavan en las sienes. El piloto cambia la marcha y toca el claxon, gira el volante y toca el claxon, se para y toca el claxon. Y todos los pilotos tocan el claxon. Y quizá esa anarquía rodante, lenta y ruidosa se mueve impulsada por el rebote de las ondas sonoras de unos coches en otros. Porque el claxon es lo único que suena saludablemente en sus carcasas exhaustas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

lunes, enero 28, 2008

El Cairo

Caos. El Cairo es caos, es ruido, gente, olores, mezquitas, iglesias, contaminación y coches, coches y más coches sin sentido ni orden en un big-bang que ni siquiera pueden domesticar las cinco llamadas a la oración que hay durante el día. Ese extraño magma tiene un dominante color amarillo que avisa al visitante de la proximidad del desierto y de su omnipresencia en el país más antiguo del mundo. Es también gente por todos sitios y a todas horas, noches que suceden al día sin que nada cambie y sin que el caos se relaje. Es una ciudad que exige una atención continua para sobrevivir a ella y para no perderse lo mejor de sus contradicciones y la convivencia del pasado, el futuro, el condicional y el pluscuamperfecto en un presente sin orden ni concierto ni ton ni son ni yin ni yan.

I Republica

El pasado viernes por la noche comencé a vivir en Egipto. Esto significa que, entre otras muchas cosas, tras el cámelot monárquico holandés, la esquizofrenia coronada de Bélgica, la profilaxis regia española y la lejana proximidad australiana con su inteligente (quién lo iba a decir) pertenencia a la Commonwealth (cuestión para tratar en otro post: si queremos un rey...¿por qué no nos unimos a la Commonwealth y que lo paguen los ingleses?). Me perdía, tras todo eso, voy a vivir por fin en una república. Mi primera república. Y empezaré a contarles a partir de ahora mi nueva vida aquí. Es una república de aquella manera: Gobierna el mismo jefe de Estado (Hosni Mubarak) desde los setenta, su “delfín” es su hijo, y a diferencia de los otros cuatro países la democracia está en pañales. No es una república muy ejemplar pero....es que es mi primera vez, tampoco podían esperar que me fuese a Francia, ¿no?

Mardi Gras 5

Salmorejo


En su mochila y en su estómago, hagan hueco a la simplicidad culinaria y el esplendor gastronómico del salmorejo. Retornen a la vida media barra de pan duro de varios días y enriquézcanlo con un poco de agua. Escurran el agua y llévenlo a florecer a un recipiente junto a un diente de ajo, sal, un chorreón de aceite de oliva y otro de vinagre. Añadan tres o cuatro tomates pequeños y más bien maduros, una vez pelados. La batidora hará el resto. En unos minutos, el puñado de ingredientes se habrá convertido en un plato capaz de conquistar cualquier resistencia: sencillo, contundente. Inmejorable para el verano. Añadan el rojo de los taquitos de jamón serrano y el blanco de la clara de un huevo duro. Así tendrán un pequeño viaje visual a la cuna de este plato: Córdoba, cuyo icono más simbólico son los arcos de medio punto de una mezquita que es catedral al mismo tiempo. Arcos de ladrillo rojo y blanco. La yema del huevo recordará a un sol siempre presente en la ciudad omeya, que les hará pedir a su paladar degustar, una vez más, este plato. Desde Córdoba, estrechas calles blancas y atardeceres rojos en su paladar.

miércoles, diciembre 05, 2007

Vuelvo al blog

Vuelvo al blog. La última vez que escribí, salía de Australia. Han pasado muchos kilómetros y algunos países. Holanda y Bélgica fueron un colchón emocional entre la vida acabada en Sydney y el regreso a Córdoba. De paso, uní en dos semanas todas las que han sido mis ciudades: salí de Sydney, pasé por La Haya, cené en Bruselas, llegué a Madrid, regresé a Córdoba y terminé en Sevilla. Los reencuentros fueron llegando, siempre saben a poco. De ahí a Nápoles, de ahí a Estambul una semana. Granada, Valencia, Cuenca...Y acabó el misterio de la segunda fase. Firmé el acuerdo sobre la bocina, cuando se acababa el tiempo que el Icex nos había dado con su amenaza de convertirnos en exbecarios. Viviré un año en El Cairo.

Allá les espero.

Estambul

Los cinco sentidos son víctimas de Estambul, o más bien aliados. Estambul, afirma Arantza, entra por los cinco sentidos. Tiene olores a especias y a antigüedad, sabores a mediterráneo e islam, lleva a las pupilas épocas de todos los sabores, a los oídos llamadas a la oración al atardecer y cantos de celebración y protesta y ruidos, ruidos, ruidos. Su tacto, sin embargo, no se puede describir.

Pasé una semana bien rodeado entre amigos y vestigios de civilizaciones antiguas. Hablamos de Australia, Angola, Chile y todo lo que pudimos de Turquía. Especulamos con su política, atravesamos el Bósforo. Atardecimos frente a las mezquitas y desayunamos junto a antiguas iglesias. Andurreamos a lo largo y a lo ancho de esta ciudad que cierra Europa y abre Oriente. Nos planteamos los siguientes viajes, para no parar, porque de eso se trata, ¿no?

Napule

Napule, Napoli, Nápoles, Naples. En cada idioma un nombre para una ciudad indefinible, un galimatías urbano. Nápoles, la ciudad-volcán, que vive amenazada por sí misma, que asfixia a veces a sus gentes, que encanta al extranjero, que es un terremoto en potencia, un tsunami de lava en potencia, una lluvia de ceniza en potencia. Que hay que visitar ahora, porque vive en el ahora y porque no se sabe qué habrá después. Que tiene un brillo indefinible, difícil de captar para muchos, imposible de olvidar para cualquiera.

Marcella y Jessica se quejan de la falta de perspectivas en Nápoles, al tiempo que reconocen entre líneas su fascinación por su ciudad. Susana, bilbaína napolitanizada, habla con alegría de cómo la ciudad la ha cambiado, de cómo se ha metido en ella, la ha hecho más alegre. Tratamos de entender la ciudad, divagamos sobre su luz y sus sombras, extranjeros y locales, al tiempo que una lluvia atroz anuncia un bello día de boda unas horas más tarde. Disfruto de un tráfico circense, de unas conversaciones llenas de una sabiduría irónica y pesimista local de las que me empapo. Me lleno los oídos de músicas alegres llenas de melancolía que hablan de que pensamos que estamos bien para no ponernos tristes.

Leo como Peppe Lanzzeta, en su Tropico di Napoli, intenta mostrar el espíritu cautivador y cansino de la ciudad a través de un trainspotting napolitano con una sobredosis de Almodóvar que recoge la epopeya cotidiana de sus gentes. Sus miserias, sus grandezas. Exagera bocetos de su mediterraneidad, su italianidad, su españolidad. Atrapa como atrapa la ciudad.

Me despido de Nápoles después de dos días magníficos que me hacen reencontrarme con una ciudad que me cautivó hace mucho tiempo. Le digo hasta pronto, estoy seguro de que volveremos a vernos. Les deseo lo mejor a Sergio y Valentina, causa primera de mi visita, hastapronteo con Marcella. Descubro a Jessica, Susana y Barbara. Me voy con el estómago lleno de manjares, con la vista llena de anarquías individuales, con el espíritu repleto.

Me voy a Estambul.

martes, octubre 09, 2007

El blog

El argumento del niño del minifundio me gustó: estás en las antípodas de la veracidad, así que puedes mantener el nombre del blog en honor de la mentira. Y así seguirá. A pesar de haber regresado a Europa, donde estoy en las antípodas de las antípodas y la mentira no se manifiesta tanto.

Y en Europa celebré, precisamente, el aniversario que conmemora el nacimiento de este engendro de bitácora, cargado de chascarrillos y humor fácil sobre un país difícil (de aguantar). Precisamente en su capital, en mi Bruselas. Allí reuní a dos compañeros (y sin embargo amigos) de viaje a Australia, un compañéro (y sin embargo amigo) de carrera y dos ex-compañeras (y sin embargo amigas) de sufrimientos en el mayor engendro periódistico que ha dado el Opus: AE.

En torno a un pato a la Kriek comentamos las últimas novedades de la vieja Europa, donde sabemos diferenciar lo real de lo virtual, una frontera que el márketing diluye más allá del Estrecho de Torres (Belén dixit).

Y de ahí el viaje continuó a España, el país outback en el que nací, rojo y enladrillado desde el cielo (¿Quién lo desenladrillará?) Donde acabó la persecución que Australia nos hizo a lo largo y ancho del Benelux, sea en forma de canción (Downunder) en la radio holandesa, en forma de video sobre Sydney en una pantalla de una agencia de viajes cualquiera en un barrio (no rojo) cualquiera de Amsterdam, en forma de cadena de helados o en forma de koala de peluche en el pasillo del avión de Ryan-air.

Ahora me reencuentro con ese mecanismo de lo cotidiano que es la rutina y la saludo en algunas caras que tenía borrosas, en algunos rincones imborrables y en sabores y olores inolvidables.

viernes, septiembre 28, 2007

Oceania mon amour

Mais oui, abandono oceanía en unas horas y todas las cosas increibles que en ella he vivido y sobre todo las personas que he conocido, tanto en Australia como en Nueva Zelanda, Fiji y Samoa. Ahora me dedicaré durante las largas horas que me quedan de regreso a Europa a pensar qué hago con el blog (al tiempo que muerdo insaciablemente los mofletes de Susana). Acepto propuestas. Quizá la decisión ya esté tomada.

martes, septiembre 25, 2007

Flavours of the world

Mejor título imposible para un curso de cocina. Incluso en Australia, a pesar de su escaso bagaje culinario, sonaba apetecible. Y Erika, Laura y yo caímos en la trampa. Mal como forma de mejorar nuestros conocimientos culinarios, pero fue irrepetible como estudio antropológico. Las anécdotas se aturullan en mi mente y esculpen ese "simplicity funerals spirit" tan difícil de explicar.

Un ejemplo máximo de lo que fue el curso son los Vaclavas que hicimos en la clase dedicada al Middle East. La profesora decidió que Turquía era Middle East y no Mediterranean. La geografía fue anecdótica en este curso, esto es lo de menos, pero doy otro ejemplo: a la cocina italiana la llamó "Tuscany" sólo porque una película ha puesto de moda esa región. Pero resultaba difícil saber qué tiene la pasta fresca, el pesto, la pasta al horno y las peras al chantilly de toscano que no tenga de calabrés, siciliano o lombardo. La asociación geografía/cocina autóctona resultó del todo engañosa durante las ocho sesiones.

Pero volvamos a los vaclavas, o quizá Mcvaclavas. Los hicimos con pasta filo y un mix de frutos secos en diez minutos e hicieron a Dennis, un turco de la clase, poner el grito en el cielo. Los vaclavas, que en Turquía tardan horas en preparar, habían sido convertidos por la profesora en toda una declaración de intenciones: no estábamos en un curso de cocinas del mundo, sino de comida rápida disfrazada de cosmopolitismo. En otra ocasión bautizó a un guiso de arroz con tropezones varios torpemente sabroso (vease bacon, espetec y especias varias) como "the same concept as spanish paella". El yuyu estaba servido.

Por si estos ejemplos no son ilustrativos, sigamos el rastro del dinero, como dijo Garganta Profunda. En una de sus explicaciones previas a la deglutición de la faena, se enorgulleció de estar dándonos de comer a 20 personas por menos de 5 dólares por cabeza (3 euros). Haría milagros en Darfur, pero con el curso debió de engordar bien la buchaca y demostró ser mejor aprendiz de Solchaga que de Adriá. ¿Iría su sueldo a comisión?

And last, but not least, la actitud de los compañeros de merienda. Algunas se negaban a cocinar pescado para no mancharse las manos. Algún otro hubo que se erigió en Jamie Oliver (versión angloparlante de Arguiñano) del curso y no dejaba a los compañeros que metieran mano en sus fogones. Cuestión de ego. Finalmente, el fenómeno de la votación. En Australia cuando te preguntan "¿a qué te dedicas?" te están preguntando realmente "¿en qué compites?". Y claro, el país con mejor ratio de medallas por habitante en las olimpiadas tiene que tener también aspirantes a medallista gastronómico. Nos los encontramos a todos: La pregunta más repetida a la hora de la cena común era, ¿cuál ha sido el mejor plato? A ver quién se apunta la de oro.

En fin, como siempre, un muy buen márketing, pero más allá de su humo, la cutre nada.

domingo, septiembre 23, 2007

La otra


La otra es elegante, sofisticada, fría y torrida al mismo tiempo, antigua y nueva al mismo tiempo, cambiante al mismo tiempo, feminísima. Organizada, con clase. Mira al resto con suficiencia, sabe que todo pasa por ella, que nada pasa sin ella. No tiene el descaro y la pujanza de ésta. No le hace falta. Mira al mar con melancolía porque está totalmente en la tierra, aunque se baña en agua dulce. Sus formas son más coherentes. Ella es la otra, ideal para un engaño de temporada o casi para toda la vida. Melbourne es la Australia que me hubiera gustado y la Europa que añoro.

APEC

Cerraron el aeropuerto, vallaron el centro, acordonaron el hotel, sobrevolaron la ciudad, vigilaron cada centímetro de tierra, agua y aire para comprobar que el emperador, el nerón del siglo XXI, el gurú de la seguridad y pirómano de la política internacional, estaba seguro. Interrumpieron la vida de más de cuatro millones de habitantes durante casi una semana para organizar una cumbre en la que los próceres del mundo decidieron, poco más o menos, que la contaminación es mala, aja, que hay que ser buenos, aja, y que hay que reducir las emisiones malas de aquí a nosécuantos años, aja, aja. Y la pregunta es...¿para qué coño quieren Canberra? Es una ciudad pequeña en mitad de un bosque de eucaliptos, con distancias inmensas, con cuatro habitantes, hecha para ser la sede neutral de un gobierno por el que debían de dejar de luchar Melbourne y Sydney. Un sitio ideal para organizar una cumbre de tales magnitudes sin molestar a casi nadie. Pero prefirieron interrumpir la vida de tanta gente durante casi una semana y demostrar lo bien que vigilan una ciudad tan grande. Y sin embargo, un par de plumillas disfrazados de bin ladenes se metieron hasta la cocina. Casi tocan al calígula tarado y a su séquito paranoide de matones guardaespaldas y ambulancias importadas para la ocasión. Y Australia hizo el ridículo. Simplicity Funerals.