lunes, febrero 18, 2008

Puntos rojos

Va para un año (el 26 de febrero) que, movido por la envidia cochina hacia otros blogs, puse un mapa de Clustermaps en Oceanía Directo. Desde entonces me dediqué a contemplar el blog como un astronauta mira la Tierra desde la MIR esperando respuesta. Primero cada día, luego cada semana, al final cada no sé cuántos, se encendían unos pilotitos rojos que me hablaban de lectores en lugares improbables. Me respondian. Incluso hice viajes imposibles con la única finalidad de conectarme a mi blog en lugares remotos y que apareciera, en ese sitio, un pilotito rojo. Así podía comprobar que no era una ficción aleatoria de un programa informático. Y desde entonces, casi 7.000 conexiones han encendido puntos rojos en el mapa en lugares como Canadá, Uruguay, Mauritania, Vietnam, Japón, Marruecos, Suecia, Italia, Paraguay, Bolivia, Estados Unidos, Indonesia, Samoa (ese fui yo), Rusia, Portugal, Angola, Fiji, Sudáfrica, Israel, Egipto, Irán, Cuba, Chile, Australia, Bélgica...

A algunos puntos les pongo cara (algunas veces la mía propia), y a otros no. Pero a unos y a otros les mando un saludo, y un agradecimiento con la esperanza de que estas tonterías que de vez en cuando cuento, cuando afilo mi ironía o desnudo mi estado de ánimo, no les aburran. Porque a mí, personalmente, me hacen comprobar esa extraña magia que tiene sentirse escuchado a lo largo de todo el planeta en una sola vez, como si cada vez que subo una entrada, un mensaje fuese enviado en miles de botellas por todos los mares, y la gente las encontrara.

miércoles, febrero 13, 2008

El Metro

Cuentan que hay un lugar en que las normas de la superficie terrenal y la apacible calma que nos transmiten desaparecen para convertirnos en nuestra peor versión. Es un submundo desconocido y peligroso. De este lugar nos separan sólo unos escalones que nos transportan al más allá de nosotros mismos, a nuestro lado más oscuro.

Al poco de descender y alejarnos de la cotidianidad, al separar nuestros pies del último escalón, una barrera infranqueable ya, nos espera la primera prueba. En una ventanilla nos muestra su cara un caronte monstruosamente aburrido que reparte unos tickets amarillos ante los cuales los viajeros afilan sus armas secretas. Abandonan cualquier vestigio de orden para solicitar su entrada al infierno. Venden su alma por una libra. No vale mirar a los lados, el viajero debe mirar sólo al frente, queda extasiado por una visión unívoca. Ningún otro foco es válido. El que no anda avispado se queda sin viaje y tendrá que esperar eternamente mientras los que van llegando por detrás van obteniendo sus tickets. Llegan como por generación espontánea y se hacen con el que podía ser el billete propio porque no hay cola ni orden alguno.

Después, a grandes pasos, firmes y decididos, el viajero, ya totalmente perdido, se dirige a uno de los varios tornos que vomitan filas de gente cuyo destino está marcado por la lucha sin tregua que acaba de iniciarse.

Bajan las escaleras ya convertidos en turbas de cientos y se preparan para esperar su wagon correspondiente. Da igual el lugar de la espera, por muy largo que sea el pasillo siempre estará rodeado por una gran cantidad de competidores. Y cuando llega el wagon, que le transportará, ya sin alma, a ningún sitio, comienza el climax de la pugna.

Entrar es el primer reto. La fila de wagones se mantiene abierta apenas unos instantes, y en ese breve momento, los que están dentro de los wagones intentan salir al mismo tiempo que los que están fuera intentan entrar. No hay lógica, sólo darwinismo descarnado.

Los cuerpos se funden para entrar y salir, la voluntad del individuo queda anulada porque ahora forma parte de una masa informe que empuja en un sentido u otro. En un momento determinado, las puertas se cierran y abandonan a su suerte a los que quedan en el camino. A partir de ahí, el wagon se detiene todo el tiempo que haga falta en el mismo sitio. Las puertas están acabadas en unas gomas que protegen del golpe. Pero si en vez de gomas hubiese cuchillas, el resultado sería un film gore múltiple e incesante.

Una vez dentro, la situación no mejora. El viajero está sometido a los demás, se deja llevar en volandas por la voluntad creadora de la masa. Y sólo le queda acertar a escapar en el lugar deseado. O quizá sólo le queda acertar a escapar.

¿Quién dijo Tokio? Piensen en el metro de Madrid y sólo verán caballerosidad a expuertas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

El Claxon

Al principio fue un ruido constante y discontinuo, arrítmico, que se clavaba en las sienes. Pero poco a poco ha ido convirtiéndose en una melodía comprensible y cotidiana que explica muchas cosas. Miras alrededor cuando estás al borde de la carretera, como en un burladero que protege de un toro humeante y mecánico, y la anarquía rodante, lenta, ruidosa, adquiere un significado con sus pitidos. También lo ves dentro de los coches, esos milagros a cuatro ruedas que una vez tuvieron algún glamour cuando Europa alcanzaba el éxtasis de su propio milagro, del que guardan una reliquia en forma de matrícula holandesa, alemana, francesa, italiana o española de los 70 camuflada bajo otra egipcia, que los salvó del desguace de Roma, Lyon, Madrid, Rotterdam o Dusseldorf para dar un último servicio aquí. Para formar parte de una melodía comprensible y cotidiana hecha de ruidos constantes y discontinuos que se clavan en las sienes. El piloto cambia la marcha y toca el claxon, gira el volante y toca el claxon, se para y toca el claxon. Y todos los pilotos tocan el claxon. Y quizá esa anarquía rodante, lenta y ruidosa se mueve impulsada por el rebote de las ondas sonoras de unos coches en otros. Porque el claxon es lo único que suena saludablemente en sus carcasas exhaustas. Y es que, Egipto es otro mundo. En concreto, el tercero.

lunes, enero 28, 2008

El Cairo

Caos. El Cairo es caos, es ruido, gente, olores, mezquitas, iglesias, contaminación y coches, coches y más coches sin sentido ni orden en un big-bang que ni siquiera pueden domesticar las cinco llamadas a la oración que hay durante el día. Ese extraño magma tiene un dominante color amarillo que avisa al visitante de la proximidad del desierto y de su omnipresencia en el país más antiguo del mundo. Es también gente por todos sitios y a todas horas, noches que suceden al día sin que nada cambie y sin que el caos se relaje. Es una ciudad que exige una atención continua para sobrevivir a ella y para no perderse lo mejor de sus contradicciones y la convivencia del pasado, el futuro, el condicional y el pluscuamperfecto en un presente sin orden ni concierto ni ton ni son ni yin ni yan.

I Republica

El pasado viernes por la noche comencé a vivir en Egipto. Esto significa que, entre otras muchas cosas, tras el cámelot monárquico holandés, la esquizofrenia coronada de Bélgica, la profilaxis regia española y la lejana proximidad australiana con su inteligente (quién lo iba a decir) pertenencia a la Commonwealth (cuestión para tratar en otro post: si queremos un rey...¿por qué no nos unimos a la Commonwealth y que lo paguen los ingleses?). Me perdía, tras todo eso, voy a vivir por fin en una república. Mi primera república. Y empezaré a contarles a partir de ahora mi nueva vida aquí. Es una república de aquella manera: Gobierna el mismo jefe de Estado (Hosni Mubarak) desde los setenta, su “delfín” es su hijo, y a diferencia de los otros cuatro países la democracia está en pañales. No es una república muy ejemplar pero....es que es mi primera vez, tampoco podían esperar que me fuese a Francia, ¿no?

Mardi Gras 5

Salmorejo


En su mochila y en su estómago, hagan hueco a la simplicidad culinaria y el esplendor gastronómico del salmorejo. Retornen a la vida media barra de pan duro de varios días y enriquézcanlo con un poco de agua. Escurran el agua y llévenlo a florecer a un recipiente junto a un diente de ajo, sal, un chorreón de aceite de oliva y otro de vinagre. Añadan tres o cuatro tomates pequeños y más bien maduros, una vez pelados. La batidora hará el resto. En unos minutos, el puñado de ingredientes se habrá convertido en un plato capaz de conquistar cualquier resistencia: sencillo, contundente. Inmejorable para el verano. Añadan el rojo de los taquitos de jamón serrano y el blanco de la clara de un huevo duro. Así tendrán un pequeño viaje visual a la cuna de este plato: Córdoba, cuyo icono más simbólico son los arcos de medio punto de una mezquita que es catedral al mismo tiempo. Arcos de ladrillo rojo y blanco. La yema del huevo recordará a un sol siempre presente en la ciudad omeya, que les hará pedir a su paladar degustar, una vez más, este plato. Desde Córdoba, estrechas calles blancas y atardeceres rojos en su paladar.

miércoles, diciembre 05, 2007

Vuelvo al blog

Vuelvo al blog. La última vez que escribí, salía de Australia. Han pasado muchos kilómetros y algunos países. Holanda y Bélgica fueron un colchón emocional entre la vida acabada en Sydney y el regreso a Córdoba. De paso, uní en dos semanas todas las que han sido mis ciudades: salí de Sydney, pasé por La Haya, cené en Bruselas, llegué a Madrid, regresé a Córdoba y terminé en Sevilla. Los reencuentros fueron llegando, siempre saben a poco. De ahí a Nápoles, de ahí a Estambul una semana. Granada, Valencia, Cuenca...Y acabó el misterio de la segunda fase. Firmé el acuerdo sobre la bocina, cuando se acababa el tiempo que el Icex nos había dado con su amenaza de convertirnos en exbecarios. Viviré un año en El Cairo.

Allá les espero.

Estambul

Los cinco sentidos son víctimas de Estambul, o más bien aliados. Estambul, afirma Arantza, entra por los cinco sentidos. Tiene olores a especias y a antigüedad, sabores a mediterráneo e islam, lleva a las pupilas épocas de todos los sabores, a los oídos llamadas a la oración al atardecer y cantos de celebración y protesta y ruidos, ruidos, ruidos. Su tacto, sin embargo, no se puede describir.

Pasé una semana bien rodeado entre amigos y vestigios de civilizaciones antiguas. Hablamos de Australia, Angola, Chile y todo lo que pudimos de Turquía. Especulamos con su política, atravesamos el Bósforo. Atardecimos frente a las mezquitas y desayunamos junto a antiguas iglesias. Andurreamos a lo largo y a lo ancho de esta ciudad que cierra Europa y abre Oriente. Nos planteamos los siguientes viajes, para no parar, porque de eso se trata, ¿no?

Napule

Napule, Napoli, Nápoles, Naples. En cada idioma un nombre para una ciudad indefinible, un galimatías urbano. Nápoles, la ciudad-volcán, que vive amenazada por sí misma, que asfixia a veces a sus gentes, que encanta al extranjero, que es un terremoto en potencia, un tsunami de lava en potencia, una lluvia de ceniza en potencia. Que hay que visitar ahora, porque vive en el ahora y porque no se sabe qué habrá después. Que tiene un brillo indefinible, difícil de captar para muchos, imposible de olvidar para cualquiera.

Marcella y Jessica se quejan de la falta de perspectivas en Nápoles, al tiempo que reconocen entre líneas su fascinación por su ciudad. Susana, bilbaína napolitanizada, habla con alegría de cómo la ciudad la ha cambiado, de cómo se ha metido en ella, la ha hecho más alegre. Tratamos de entender la ciudad, divagamos sobre su luz y sus sombras, extranjeros y locales, al tiempo que una lluvia atroz anuncia un bello día de boda unas horas más tarde. Disfruto de un tráfico circense, de unas conversaciones llenas de una sabiduría irónica y pesimista local de las que me empapo. Me lleno los oídos de músicas alegres llenas de melancolía que hablan de que pensamos que estamos bien para no ponernos tristes.

Leo como Peppe Lanzzeta, en su Tropico di Napoli, intenta mostrar el espíritu cautivador y cansino de la ciudad a través de un trainspotting napolitano con una sobredosis de Almodóvar que recoge la epopeya cotidiana de sus gentes. Sus miserias, sus grandezas. Exagera bocetos de su mediterraneidad, su italianidad, su españolidad. Atrapa como atrapa la ciudad.

Me despido de Nápoles después de dos días magníficos que me hacen reencontrarme con una ciudad que me cautivó hace mucho tiempo. Le digo hasta pronto, estoy seguro de que volveremos a vernos. Les deseo lo mejor a Sergio y Valentina, causa primera de mi visita, hastapronteo con Marcella. Descubro a Jessica, Susana y Barbara. Me voy con el estómago lleno de manjares, con la vista llena de anarquías individuales, con el espíritu repleto.

Me voy a Estambul.

martes, octubre 09, 2007

El blog

El argumento del niño del minifundio me gustó: estás en las antípodas de la veracidad, así que puedes mantener el nombre del blog en honor de la mentira. Y así seguirá. A pesar de haber regresado a Europa, donde estoy en las antípodas de las antípodas y la mentira no se manifiesta tanto.

Y en Europa celebré, precisamente, el aniversario que conmemora el nacimiento de este engendro de bitácora, cargado de chascarrillos y humor fácil sobre un país difícil (de aguantar). Precisamente en su capital, en mi Bruselas. Allí reuní a dos compañeros (y sin embargo amigos) de viaje a Australia, un compañéro (y sin embargo amigo) de carrera y dos ex-compañeras (y sin embargo amigas) de sufrimientos en el mayor engendro periódistico que ha dado el Opus: AE.

En torno a un pato a la Kriek comentamos las últimas novedades de la vieja Europa, donde sabemos diferenciar lo real de lo virtual, una frontera que el márketing diluye más allá del Estrecho de Torres (Belén dixit).

Y de ahí el viaje continuó a España, el país outback en el que nací, rojo y enladrillado desde el cielo (¿Quién lo desenladrillará?) Donde acabó la persecución que Australia nos hizo a lo largo y ancho del Benelux, sea en forma de canción (Downunder) en la radio holandesa, en forma de video sobre Sydney en una pantalla de una agencia de viajes cualquiera en un barrio (no rojo) cualquiera de Amsterdam, en forma de cadena de helados o en forma de koala de peluche en el pasillo del avión de Ryan-air.

Ahora me reencuentro con ese mecanismo de lo cotidiano que es la rutina y la saludo en algunas caras que tenía borrosas, en algunos rincones imborrables y en sabores y olores inolvidables.

viernes, septiembre 28, 2007

Oceania mon amour

Mais oui, abandono oceanía en unas horas y todas las cosas increibles que en ella he vivido y sobre todo las personas que he conocido, tanto en Australia como en Nueva Zelanda, Fiji y Samoa. Ahora me dedicaré durante las largas horas que me quedan de regreso a Europa a pensar qué hago con el blog (al tiempo que muerdo insaciablemente los mofletes de Susana). Acepto propuestas. Quizá la decisión ya esté tomada.

martes, septiembre 25, 2007

Flavours of the world

Mejor título imposible para un curso de cocina. Incluso en Australia, a pesar de su escaso bagaje culinario, sonaba apetecible. Y Erika, Laura y yo caímos en la trampa. Mal como forma de mejorar nuestros conocimientos culinarios, pero fue irrepetible como estudio antropológico. Las anécdotas se aturullan en mi mente y esculpen ese "simplicity funerals spirit" tan difícil de explicar.

Un ejemplo máximo de lo que fue el curso son los Vaclavas que hicimos en la clase dedicada al Middle East. La profesora decidió que Turquía era Middle East y no Mediterranean. La geografía fue anecdótica en este curso, esto es lo de menos, pero doy otro ejemplo: a la cocina italiana la llamó "Tuscany" sólo porque una película ha puesto de moda esa región. Pero resultaba difícil saber qué tiene la pasta fresca, el pesto, la pasta al horno y las peras al chantilly de toscano que no tenga de calabrés, siciliano o lombardo. La asociación geografía/cocina autóctona resultó del todo engañosa durante las ocho sesiones.

Pero volvamos a los vaclavas, o quizá Mcvaclavas. Los hicimos con pasta filo y un mix de frutos secos en diez minutos e hicieron a Dennis, un turco de la clase, poner el grito en el cielo. Los vaclavas, que en Turquía tardan horas en preparar, habían sido convertidos por la profesora en toda una declaración de intenciones: no estábamos en un curso de cocinas del mundo, sino de comida rápida disfrazada de cosmopolitismo. En otra ocasión bautizó a un guiso de arroz con tropezones varios torpemente sabroso (vease bacon, espetec y especias varias) como "the same concept as spanish paella". El yuyu estaba servido.

Por si estos ejemplos no son ilustrativos, sigamos el rastro del dinero, como dijo Garganta Profunda. En una de sus explicaciones previas a la deglutición de la faena, se enorgulleció de estar dándonos de comer a 20 personas por menos de 5 dólares por cabeza (3 euros). Haría milagros en Darfur, pero con el curso debió de engordar bien la buchaca y demostró ser mejor aprendiz de Solchaga que de Adriá. ¿Iría su sueldo a comisión?

And last, but not least, la actitud de los compañeros de merienda. Algunas se negaban a cocinar pescado para no mancharse las manos. Algún otro hubo que se erigió en Jamie Oliver (versión angloparlante de Arguiñano) del curso y no dejaba a los compañeros que metieran mano en sus fogones. Cuestión de ego. Finalmente, el fenómeno de la votación. En Australia cuando te preguntan "¿a qué te dedicas?" te están preguntando realmente "¿en qué compites?". Y claro, el país con mejor ratio de medallas por habitante en las olimpiadas tiene que tener también aspirantes a medallista gastronómico. Nos los encontramos a todos: La pregunta más repetida a la hora de la cena común era, ¿cuál ha sido el mejor plato? A ver quién se apunta la de oro.

En fin, como siempre, un muy buen márketing, pero más allá de su humo, la cutre nada.

domingo, septiembre 23, 2007

La otra


La otra es elegante, sofisticada, fría y torrida al mismo tiempo, antigua y nueva al mismo tiempo, cambiante al mismo tiempo, feminísima. Organizada, con clase. Mira al resto con suficiencia, sabe que todo pasa por ella, que nada pasa sin ella. No tiene el descaro y la pujanza de ésta. No le hace falta. Mira al mar con melancolía porque está totalmente en la tierra, aunque se baña en agua dulce. Sus formas son más coherentes. Ella es la otra, ideal para un engaño de temporada o casi para toda la vida. Melbourne es la Australia que me hubiera gustado y la Europa que añoro.

APEC

Cerraron el aeropuerto, vallaron el centro, acordonaron el hotel, sobrevolaron la ciudad, vigilaron cada centímetro de tierra, agua y aire para comprobar que el emperador, el nerón del siglo XXI, el gurú de la seguridad y pirómano de la política internacional, estaba seguro. Interrumpieron la vida de más de cuatro millones de habitantes durante casi una semana para organizar una cumbre en la que los próceres del mundo decidieron, poco más o menos, que la contaminación es mala, aja, que hay que ser buenos, aja, y que hay que reducir las emisiones malas de aquí a nosécuantos años, aja, aja. Y la pregunta es...¿para qué coño quieren Canberra? Es una ciudad pequeña en mitad de un bosque de eucaliptos, con distancias inmensas, con cuatro habitantes, hecha para ser la sede neutral de un gobierno por el que debían de dejar de luchar Melbourne y Sydney. Un sitio ideal para organizar una cumbre de tales magnitudes sin molestar a casi nadie. Pero prefirieron interrumpir la vida de tanta gente durante casi una semana y demostrar lo bien que vigilan una ciudad tan grande. Y sin embargo, un par de plumillas disfrazados de bin ladenes se metieron hasta la cocina. Casi tocan al calígula tarado y a su séquito paranoide de matones guardaespaldas y ambulancias importadas para la ocasión. Y Australia hizo el ridículo. Simplicity Funerals.

viernes, septiembre 14, 2007

Messi ficha por el Córdoba CF


El jugador argentino Leo Messi ha confirmado que la próxima temporada jugará en el Córdoba CF. Messi, perteneciente a la plantilla del Barça, confirmó su traspaso a la entidad blanquiverde mientras se encontraba concentrado con su selección en Australia, donde la albiceleste disputó un partido amistoso contra la selección local. El equipo andaluz está preparando su retorno a la máxima categoría del fútbol español para la próxima temporada con la incorporación del astro argentino y de otros jugadores de gran categoría cuyos fichajes aún no han sido confirmados. "Estaba dudoso entre el proyecto del Córdoba y el del Celta de Vigo, pero finalmente opté por fichar por el equipo blanquiverde", afirmó Messi, quien espera ganarse el corazón de la afición andaluza tan pronto como aterrice en Córdoba. Otros jugadores que podrían estar en la órbita del equipo cordobesista son Pepe, Oubiña, Torres y Sneijder.

jueves, agosto 30, 2007

Half an hour

“Semejante gilipollez sólo se puede dar en Australia”, sentenció Laura nada más bajar del avión. Al llegar al albergue de Adelaida, la gilipollez se mostraba con orgullo. En la pared, varios relojes iguales mostraban diversos husos horarios. Sobre cada reloj, el nombre de una ciudad: Nueva York, Londres, Nueva Delhi, Tel-Aviv, Tokio, Buenos Aires...la manecilla de la hora hacía sospechar la lejanía en kilómetros, el minutero las hacía a todas iguales. A todas no: Adelaida, capital del estado de Australia del Sur, tiene media hora de diferencia con respecto a Sydney y Melbourne, su minutero es distinto al del resto del mundo. En un país angustiado por su falta de identidad y necesitado de distinguirse en lo más mínimo por su enfermizo afán competitivo, la más mínima nimiedad puede ser causa de orgullo. En la arrinconada Adelaida, asfixiada por la preponderancia de la europea Melbourne, la arrogancia de nuevo rico de Sydney y la inminencia de Perth y Brisbane, media hora puede no ser nada, pero han convertido el minutero en un clavo ardiendo.

sábado, agosto 25, 2007

Be yellow!


Pues nada, aquí voy yo en yellow. Es una foto que me sacaron en mi viaje a Chernobil.

martes, agosto 21, 2007

Sueños


I. En mis noches de insomnio, cuando giro horizontalmente en mi cama sobre mi eje vertical, como la rotación de un planeta perdido enfundado en sábanas, esta imagen gira igual, horizontamente, dentro de mi cerebro. Estas dos palabras de neón recorren mis neuronas de una en una mientras me tapo hasta la cabeza para poder aislarme de todo, del todo. Simplicity funerals. Al principio fue una imagen curiosa. Luego inquietante. Ahora, casi al final, reveladora: es la imagen que mejor sintetiza la australianidad.


II. A pesar de ello, me quedo dormido y sueño. El neón se evapora y el sopor del sueño se hace primero con mis ojos. REM. Luego con el resto de mi cuerpo. Entonces sueño. Hace años leí un libro que se convirtió en un sueño para mí: "Entrevista con la Historia", de Oriana Fallaci. Veinticinco entrevistas entre finales de los 60 y principios de los 70 a algunas de las principales figuras políticas de la época. Veinticinco entrevistas para entender el mundo. Mientras lo leía, soñaba con hacer algún día algo parecido. Versión española, versión masculina, versión nuevo siglo. Al final, cuando me quedo dormido, sueño. Últimamente sueño que entrevisto a figuras políticas de mi tiempo: Fidel Castro, Felipe González, Jacques Chirac, Benedicto XVI desfilan oníricamente ante mis preguntas. Y entonces, los sueños sueños son.


III. A pesar de ello, muchas veces he soñado con guerras y otras muchas con países lejanos. En mis sueños he estado en Uruguay y Costa Rica, en Chechenia, Bosnia y Afganistán. Y en muchas córdobas tiroteadas. Últimamente viene a mis sueños un país que son guerras y lejanías: Papúa Nueva Guinea. Cuando vine a Australia pensé en Papúa. Mas cerca imposible. Pes es peligrosa y cara. Me voy de Australia sin pisar Papúa. Pero si no voy a Papúa, Papúa viene a mí. Viene a mis sueños algunas noches. Y entonces yo la viajo. Y los sueños, sueños son.

lunes, agosto 20, 2007

Mardi Gras (III y IV)

Bolas de sushi y Palusami

El tiempo me transportó, en apenas un mes con la intensidad de años, de la inmensidad de cristal, tan urbana, de Tokio a la indefensión de barro de Apia. De la educación milimétrica del japonés a la simpatía primitiva del samoano. De la racionalidad botánica de Kioto al indomable fulgor verde de Laloumalu. De la elaboración culinaria mundialmente famosa del sushi a la exquisitez de subsistencia del palusami. Para sus paladares y mochilas, propongo ese ejercicio de esquizofrenia gastronómica: viajar a la vez al país del sol naciente y a una pequeña isla del Pacífico.

Bastan dos tazas de arroz para dar los primeros pasos. Es necesario lavarlo en agua fría para eliminar el almidón. El siguiente paso es ponerlo a cocer con dos tazas y media de agua y un trozo de alga kelp. Ocho minutos de fuego alto, cinco bajo y diez de reposo bastarán para empezar a reducir la distancia física y cultural con Japón. En un cazo se calientan cinco cucharadas soperas de vinagre de arroz, con dos de azúcar y dos pequeñas de sal. Una vez que hierve, se añade al arroz y se mezcla bien para que absorba la mezcla, que ayudará al arroz a quedar bien pegado, como si los granos viajaran en hora punta en el metro hacia Shunjoku. Poco después podemos jugar con la mezcla.

Un sushi simple nos lleva a cortar muy fino un trozo de salmón o de atún (salmón ahumado para fulleros), ponerlo en un trozo de plástico de cocina como fondo al que se añade una cucharada de arroz. Si se oprime el plástico queda una bola perfecta de sushi. Antes de añadir el arroz se puede añadir un poco de wasabi, esa sustancia picante como venida de otro planeta, clara prueba de que puede existir la vida alienígena. El sushi está listo, Japón, que huele a pescado, a arroz y a sustancias inexplicables, está más cerca.

Al mismo tiempo, el paladar nos puede llevar a otro lugar: Una isla verdísima en mitad del Pacífico, habitada por menos personas de las que atraviesan en dos horas el cruce de Shibuya. Para llegar a ella basta con realizar la misión imposible de encontrar hoja de taro. Es un tubérculo parecido a la patata cuya hoja se aprovecha en los fogones samoanos. Como producto alternativo se pueden utilizar espinacas grandes.

También es necesario, indispensable, para realizar el viaje un poco de leche de coco. Hay que ordenar las hojas de taro o las espinacas por tamaño, situando sobre la menor unas finas rodajas de cebolla y tomate, sal y leche de coco. Posteriormente habrá que cerrar las hojas, asegurándose de que no quedan huecos por donde escape el relleno. Debe cerrarse después con hilo de cocina, y el resultado en papel de cocina o de platina. Todo ello se hará al horno durante 40 minutos.

El resultado será una especie de pasta ideal para untar sobre taro asado partido en dos trozos, o sobre patata asada. La mezcla de ambas recetas planteará profundos dilemas culturales a nuestro estómago, a nuestras papilas, a nuestro pensamiento.

Desde Tokio a Apia, continuidad de edificios milenarios y de cocoteros, frondosidades indomables de seres humanos y de árboles tropicales, miradas perdidas de seres solitarios y calores familiares en casas de barro de una habitación, trenes voladores y caminos de tierra, olores de pescado y coco en su paladar.

jueves, agosto 02, 2007

Pasar chocolate

"Bajarse al moro", ¿se acuerdan? Ir a Marruecos, comprar unas bellotas de chocolate (hachis) por cuatro duros, tragarlas o metarlas en el ano, pasar la frontera, cagarlas y venderlas en España por mucho más dinero. Negocio hecho, arriesgado pero hecho.

Así más o menos me sentí yo ayer. Me explico. Samoa es un país productor de cacao, y por tanto es fácil encontrar productos derivados como las habas de cacao y la manteca de cacao. Se puede pagar por estos productos cantidades irrisorias, mientras que en los mercados occidentales se consideran productos gourmet y están al alcance de muy pocos.

Como saben, soy un chocoadicto. En Samoa encontré mi paraíso y compré un par de trozos de manteca de cacao de unos 100 gramos por menos de un euro, así como habas de cacao. El problema era pasarlo por aduanas en Australia. Como buenos anglosajones, y más tirando a yankees que a ingleses, son paranoides, extremos en el celo, inflexibles y poco dados al raciocinio. Consideran que algún producto natural puede dañar a su ecosistema (nadie ha hecho más daño al ecosistema australiano que los propios anglosajones: Verbigracia, los conejos). Así que pasé un momento de apuro ayer en aduanas.

Evidentemente, el chocolate no estaba en mi ano, sino en mi maleta. Por suerte, encontré a un agente de aduanas que estaba pasando de todo y me permitió poner en riesgo la naturaleza australiana. Ahora tengo 200 gramos de manteca de cacao en mi poder, y sé cómo utilizarlo.